domingo, 20 de septiembre de 2009

Días de Pimentón


Ha madrugado más que nadie para respirar el aire fresco y virgen de la mañana. Media hora antes de que lo recojan ya está sentado en el banco que un día fue verde y hoy luce tatuado con nombres, fechas y corazones. Es el momento del día que más le gusta, ese instante en que la luz comienza a imponerse y la noche se va, remolona, llevándose encadenados todos los miedos y fantasmas; cuando aún no han aparecido los inquietantes e imprevisibles seres humanos, cuando te reconoces a tí mismo y los perros paran para mirarte. Fuma, mezclando el humo con frías bocanadas de puro oxígeno, como si cada calada fuera agua que cura la sed. ¡Cómo se parecen los amaneceres!, piensa mirando muy lejos; y a continuación en una isleta del asiento rotula con la punta de la cuchilla un nombre de mujer.

Son las siete. José para la DKW al lado del pilón, se apea y se dirige precipitadamente a la casa más escondida y vieja de la plazuela, dentro del coche dormitan dos hombres que diferencian sus generaciones por la colocación de las viseras de sus gorras (una en el cogote y otra sobre los ojos) y una joven con cascos insertos en sus orejas que masca chicle rítmicamente.
Se apagan las farolas de la calle justo cuando el conductor, refunfuñando, aparece delante de lo que parecen un matrimonio de mediana edad y su hija adolescente.
-Es el último día que os espero. La próxima vez os quedáis en tierra; ¡como que me llamo José!
-Vale Pepe, tienes razón, ya sabes cómo son las mujeres. ¡Buenos días a todos, menos a uno!, -saluda jocosamente el rubicundo personaje en el momento de subir al desvencijado transporte-
El vehículo avanza hacia la salida del pueblo y antes de enfilar hacia las vegas se detiene tres veces para engullir a otros tantos seres oscuros, el último se acerca a la furgoneta guardando su navaja en la bolsa de los bocadillos.

La tierra es parda y los surcos infinitos. El rojo maduro pone una nota de color en un paisaje que, aún sin sol, parece únicamente pintado en grises. La cuadrilla, al ¡vamos! estentóreo del capataz, inicia su lenta y fructífera marcha arrastrando los sacos y comenzando la cuenta atrás a partir de 28.800, el número de segundos que quedan, el número de pimientos que faltan.
Unas horas después el rey del firmamento irradia tan a plomo que no permite siquiera la sombra del sombrero y el fogonazo abrasador perla de sucio sudor las montaraces facciones de ellos y traza regueros marrones en las sonrosadas mejillas de las mujeres; unos y otros limpian el excedente de sus barbillas y cuellos con pañuelos de mil colores. Los jornaleros se afanan en llegar los primeros al final de la senda, recuperar la verticalidad y disfrutar así de más tiempo de descanso antes de dar la vuelta. La muchacha más joven, a la zaga, se queja de que le ha tocado el corte más difícil, el de pimenteras más cargadas; la madre ayuda y el padre da ánimos cantando guasón: "Mi niña Lola, mi niña Lola; se le ha puesto la carita del color de la amapola..."

Ha acabado el surco de rodillas. Se levanta e intenta enderezarse, las manos sobre los ardientes lumbares, los dientes apretados aspirando y enfriando la cálida brisa; debe tener el dolor instalado en el cerebro porque su espalda, ahora, es de corcho. La voz de su abuela le llega nítida: " Aplícate Jerónimo, o te veo rebuscando calzones*...".¡Qué razón tenía la "jodía"!, se dice mientras se desentumece andando hacia el botijo. Alza los brazos y tapa el sol con el barril, cierra los ojos y se sitúa bajo el chorro imaginándose desnudo bajo las cataratas Victoria, hasta que el graciosete de turno le hinca un dedo en la barriga recordándole que ya ha pasado el avión. Necesita pensar en las caricias de su novia, y en que sólo quedan cuatro horas, para no desertar e incorporarse de nuevo a la formación horizontal que barrerá el campo en sentido contrario. Y así durante un mes. ¡Qué razón tenía la "jodía".

A lo lejos dos caballos galopan el camino entre nubes de polvo, van hacia los chopos del río; alguien, mirando al encargado, comenta que son el amo de la finca, el que aparece en las latas, y su última novia que han venido de Madrid para pasar el puente. José, que llena y cose las maquilas, masculla y aprovecha para escupir la colilla que dormía apagada en sus labios. Con el salivazo han caído algunas indescifrables palabras de desprecio para los nuevos señoritos y una advertencia para los currantes:
-Vamos, vosotros a lo vuestro, que no váis a desquitar los cuarenta euros y dejad ya los cotilleos, que hoy hemos de acabar esta haza. Tú, el "arriñonao" y tú Serafín id cargando el tractor y arreando "pa" los secaderos.

Serafín es la mano derecha de José, es perro viejo, fue mediero en esta misma finca cuando la llevaban los anteriores dueños, los murcianos. Ahora le va mejor en el trabajo, menos escaliento; aunque ya para qué.... La muerte de su único hijo no le ha descansado, como imaginó en un tiempo; la puta heroína se llevó también las ganas de vivir de su mujer que callejea desde entonces como un alma en pena, buscando la puerta por donde debió marcharse su niño.
Prefiere, en la campaña, quedarse en la parcela y, casi por el mismo precio, encargarse de todo el largo proceso: almacenamiento, secado al humo de encina, machacar, encañar, despezonar.....; tostarse con las guindillas en lo alto del sequero: purgatorio suyo e infierno para otros con menos pecados; dormir al lado de la lumbre y el hurgón; oler todo él a picante y despedir cada saco que sube para el molino, sintiendo más cerca el fin del otoño y la temida vuelta a casa.

La tarde parece tener prisa y la gran luna pálida aguarda expectante la hora del alumbramiento. Los pimentoneros se lavan metidos en la acequia hasta las rodillas y un halo de compañerismo y complicidad los une, como si fueran soldados supervivientes de un duro combate. Minutos después la achacosa DKW trepa hacia el pueblo llena de seres cansados y satisfechos que juntan fuerzas para pronunciar pronto un escueto: ¡hasta mañana!.
Al llegar al parque, José, hace su primera parada y apea al último que subió por la mañana. El hombre, tímidamente, dice adiós con la mano y se dirige anhelante al escaño metálico que le vió partir de temprano. Se sienta, enciende con parsimonia un cigarrillo y aspira profundamente perdiendo la mirada húmeda en el horizonte en llamas, donde acaba La Vera.
¡Cómo se parecen los atardeceres!, piensa mientras acaricia con el dedo índice las nuevas letras, las que forman un nombre de mujer: Aisha.

*Se llaman calzones a los pimientos dobles o mellizos, poco comunes, y que alentaban la falsa leyenda de que al encontrar el quinto te ibas para casa con el jornal ganado.

Jaht

A todos los que no aparecen en las latas: los seres anónimos que viven bajo los sombreros y colorean con su sangre el mejor pimentón del mundo.

7 comentarios:

Luisa Arellano dijo...

Mediante tu historia, cotidiana y veraz, he sudado con ellos, he sentido el dolor expandirse desde la encorvada espalda al punto más lejano, he revivido inmensos campos verdes que lucen líneas rojas interminables... he disfrutado mucho, Jaht.

Gracias por mostrar todas las caras de esa piedra angular de la economía de tu patria chica... y mía de adopción :)

Jara dijo...

!Ay! jornaleros,jornaleros de ayer
hoy y mañana, manos que siembran
y recojen, manos que se agrietan,
manos necesarias, manos que se
mojan y se secan,manos que seguiran
luchando contra el divino altar de
la pobreza.

Candela dijo...

Yo tambien quiro dar las gracias
a esos seres anónimos que con
su esfuerzo,soportando el calor,
el frío rocío de los amaneceres
otoñales,el crujido de los huesos
al intentar levantarse del surco
y lo poco que se valora su trabajo
(económicamente). Aún así, hacen
posible que los demás mortales
podamos disfrutar del extraordinario
fruto de su trabajo.

Raúl dijo...

El jornalero se merece homenajes.. siempre. Como éste tuyo.

mi nombre es alma dijo...

Pocos personajes como este quedan ya en la vida real, si quedan.

Saludos

Anónimo dijo...

Recuerdo al leer la despensa de la abuela Dionisia; su olor, las magdalenas, el tasajo colgando y los botes de pimentón de La Vera "LA DALIA". (amen de las cajas de perrunillas!)

Cuando aun contabamos en "pelas" uno de estos botes me sirvió para almacenar las pagas de los domingos.


Jonathan

Lola dijo...

Y donde está Aisha, por la que madrugas todos los días. Puede que sea un amor secreto e inalcanzable al que esperas ver sentado en el parque, mientras aplacas el temblor de tus manos con el humo de un cigarrillo. Tal vez Aisha esté esperando al otro lado del mar, soñando con el olor de tu piel y la suavidad de tu pelo, sentada en un banco al caer la tarde de un largo día, pensando en lo mucho que se parecen todos los atardeceres.

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