miércoles 10 de febrero de 2010

Zacarías


Hojeaba el periódico en la barra de aquel bar tranquilo del polígono. La jovencísima mañana arrastraba soñolienta sus pantuflas floreadas y el picoteo del aguacero en los cristales marcaba sobre el cristal el ritmo del tiempo. Dobló el diario y lo alejó de sí con un indefinido comentario que contenía dos palabras: “mentirosos, hijos de puta”. Miró su reloj y un escalofrío de bienestar recorrió su cuerpo al comprobar que aún le quedaba media hora. Pidió a Floro otro café negro, con un chispazo de aguardiente “para apagar el rescoldo” y más agua, “para enjuagar la boca”. Aspiró el aroma del farias, que  sacó de una petaca con el relieve coloreado de una cordobesa que le guiñaba el ojo, y se dispuso a encenderlo con parsimonia, continuando con el ritual: viaje a la oreja (“diagnóstico por crujido”), centrada perforación de un trozo de palillo (“media estocada”), “traje de saliva” y vendaje cuidadoso de la embocadura (“mortaja de papel”), humectar  en la taza (“inmersión”)….. Con un presunto Dupont de plata, de llama regulable, el hombre procedió a calentar el puro, con el mismo esmero que un auxiliar de enfermería hubiera puesto en preparar el material quirúrgico. Una vez en sus labios chupó hasta tres veces mientras sus bigotes, cejas y pestañas parecían querer escalar hacia su inmensa frente despejada, dando la impresión de que efectivamente aquello era una sensacional experiencia religiosa o un maravilloso y profano orgasmo.

El camarero, abrillantando vasos al fondo del despejado local, sonreía; y no pudo por menos que acordarse de aquel sacerdote (Cassen) que atraía a enfervorizadas multitudes de todo el planeta por su maestría y arte al ejecutar la liturgia en Amanece que no es poco. Nuestro amigo, pensó para sí, era merecedor de mejor suerte: guías turísticas, fotógrafos japoneses, cazadores de talentos….

Zacarías observó de reojo, en un giro del taburete, la mueca burlesca del muchacho y se dijo: “Pobre ignorante, si supiera con quién se juega las habichuelas, si supiera que este curre de ahora es sólo una tapadera. Infeliz, hace tiempo que decidí dejar de ser como tú, un don nadie, para ser un hombre respetable….”. Y abundando en sus reflexiones: “Lo único malo que tiene este oficio mío, es que  lo de ser autónomo está complicado; por eso sigues dependiendo de los mandamases, que pagan bien pero son los únicos con cartera de clientes. Porque lo que yo digo, hay que estar muy bien relacionado para ser empresario de esto; y yo al tío más notable que conozco es a un jefe de estación. Pero lo importante es ser un verdadero profesional: limpio, efectivo, discreto e incluso creo que pragmático, aunque este último adjetivo tengo que repasarlo porque no tengo muy claro su significado”.

Las campanillas de la puerta del establecimiento anunciaron la llegada de una cuadrilla de camineros que entraron desabrochándose los chubasqueros y saludando divertidos a Floro y su parroquiano. Este último los recibió de espaldas y con una nube de hollín, que de ser alguno de los peones de origen indio hubiera descifrado como un exabrupto. Aprovechó el inciso para mostrar su Certina de 1970, mientras el brazo izquierdo y la mano abierta rasgaban lentamente las señales de humo camino de la breva. Al instante volvió a sumirse en sus cavilaciones:
“Otros palurdos, que no valen más que para tapar agujeros y limpiar cunetas, ¡y luego dicen que todos somos iguales!. El que vale, vale, y yo bien que me he organizado, ¡no te jode!. Así hubiera acabado yo si no le hubiera echado cojones al asunto. Porque ahora mismo a mí no me falta de nada: mi buen piso con ascensor, mis buenos copazos, mi diente de oro, mi Visa del mismo color…. y de mujeres, ¡ni te cuento!: polacas, rusas, caribeñas, de todos los colores…¡un lujo!. Que he tenido suerte, ¡bien!, lo reconozco; que debería estar muerto, es posible. Pero lo cierto es que soy el único sicario que ha llegado a los cincuenta años y a los cincuenta trabajos (algunos pueblos tienen cementerios más pequeños) ”… ¡Por algo será!, ¡por algo será!, ¡por algo será!...Esta última letanía la entonaba chulescamente, en voz alta, mientras bocadillo en ristre se dirigía a la calle donde le esperaba el camión del Servicio Municipal de Limpieza a cuyo estribo se encaramó.
Jaht

A todos los personajes que son fuente de inspiración y que nunca demandan derechos de autor.

miércoles 27 de enero de 2010

La Vuelta a Corralda en 4 Horas



Leocadio abarca el vaso de café, resiste el cristal ardiente y a continuación posa sus manos sobre la copa de brandy para infundir alma al licor. Ahora mismo, el cuerpo hacia adelante, la cabeza gacha, se siente arropado por los aromas y las evocaciones, que viajan juntos. Sobre la barra, un sobre del INEM y un billete de 20 € con una leyenda roja, a bolígrafo, sobre la piel del mapa económico de Europa. ¡Todo se ha desencadenado tan deprisa!, piensa el hombre, que no ha leído el texto porque pierde sus ojos en el puente de azul diseño; y se imagina, con una sonrisa agridulce dibujada en su rostro, asando sardinas, justo allí debajo, junto a Carpanta, aquel antihéroe de su dorada infancia. Hace tan solo un año era todo lo feliz que se puede ser cuando aún se aguanta el pulso a  la vida: trabajillo, casa, mujer amable y reguñona, dos hijos y unas perrillas para café y cañas de fin de semana. De pronto, como un terrón de azúcar en un vaso de agua, sólo ha quedado el sabor perdiéndose por una antigua circunvalación del cerebro.

-Tranquilo Leo, grita el barman, mientras recoge el dinero para cobrar: dicen que Dios aprieta pero que no ahoga.

En el momento de hacer el comentario, Bruno, el dueño del café Greco, está arrepentido de sus palabras. Es más, se enfada consigo mismo, siempre en voz alta, y se recrimina la falta de autocontrol: ¡un ateo irredento hablando de Dios, porca miseria!. Está claro que lo de consolar no va conmigo; si mi nonno, que decía haber conocido personalmente a Antonio Gramsci, levantara la cabeza me atizaría con la boina y a nuestro amigo, el pesaroso, le daría la hoz y el martillo para enjugarse las lágrimas.
Lleva a gala el no poder evitar empaparse con los problemas de la clientela. "El italiano", como le conocen en el pueblo, al que llegó hace tres años, es querido por su disponibilidad y su aparente atención en las confesiones. Aunque hay quien dice que es de Alicante y que su relación con la península de la bota tiene que ver, precisamente, con un cursillo de tres meses en una fábrica de zapatos; eso no importa, la gente quiere a Bruno, ese tío tan raro, al que se le ha otorgado patente de corso y se le perdona todo lo que justamente hace arder a otros en las hogueras inquisitoriales de la villa.

-Ragazzo, pronto, traéme lo que tú ya sabes; quiero reír  -le dice, alargando veinte euros a un joven delgado y con rastas, que ojea el periódico-

Gorka comprueba con rápida discreción que en el anverso aparecen sobre la plata el número y el símbolo y pone en manos del muchacho un sincero apretón y una bolsita; luego sigue su paseo por el parque en compañía de dos famélicos galgos, dispuesto a iniciar bajo el Pino Gordo, sobre la alfombra verde, sus ejercicios matinales de relajación mental y muscular. Un  rato después duerme sobre la hierba, con unas orejeras que imitan una flor, de sus oidos rebosan tantras, mantras y campanillas tibetanas; mientras, los perros confraternizan con las garrapatas.
Le despiertan otros ruidos menos agradables que resultan ser los de sus tripas, escoltados por los ladridos nerviosos de Abelardo y Eloisa. Deja a los animales en la furgoneta, y se dirige a la tienda de Encarnita, la que le mira con ojos miopes, la que llora con la voz, la que le tiene sumido en un mar de dudas.¡Ay, Encarna la carnicera!: la que ha conseguido que vuelvan los sentimientos de culpa, la que le ha hecho saltar de las espinacas al solomillo.

-¿Es que vuelves a Alsasua, Gorka?, lo digo por lo que está escrito en el billete. Si es así te echaremos de menos, unas más que otros.

Carnita, así llevan treinta años llamándola, es simple y soñadora; y esto no es ninguna incongruencia, porque se pueden desear cosas pequeñas, amores fugaces, flores blancas y sin pétalos, versos cortos y caricias con plumeros de niebla. Es tan sencilla y sincera que parece tonta, ese adjetivo miedoso que esgrimimos como escudo ante nuesta incapacidad de comprender a los niños y jugar con ellos, tengan los años que tengan.
Nunca tuvo ambiciones, ni siquiera "legítimas aspiraciones", ni tampoco caja fuerte; carencias que la colocan como elemento sospechoso dentro de los de su gremio, que utilizan máquinas choriceras para encañar sus fortunas. Pero a pesar de su inocencia, o tal vez por eso mismo, todos la temen ya que es la única persona que puede llamar a las cosas por su nombre, mentiroso al alcalde y fariseo al señor cura; sus verdades son saetas tan irreversibles como los cuernos de Don Friolera. Será por eso, por lo que en su comercio: el mejor, más barato, más concurrido y más limpio de Corralda,  reina un silencio sepulcral que sólo rompen los gramos, los kilos o las docenas.

 -María, aquí tienes la vuelta, y cuidado no la pierdas, que te veo muy despistada, cariño.

La mujer recoje el dinero y tras dar las gracias y despedirse, con media voz , sale a la calle y durante unos segundos piensa en la dirección a tomar, que solo puede ser una. Llega a casa y aparta la olla de la placa eléctrica y vuelve a equivocarse, una vez más, al poner la mesa; retira el cubierto que sobra y se sienta delante del televisor a esperar a Julia y Jairo. La chica llega del instituto y encuentra a su madre en la misma posición que la dejamos hace unos minutos: mirando absorta. La foto de los cuatro sigue en la pared, justo encima de la pantalla apagada. Recuerda algo, justo en el momento en que la niña acaricia su pelo, y se incorpora en busca del  monedero; desdobla un billete de 20 euros y se fija en el  graffiti rojo; estos poetas dicen muchas tonterías -piensa- también es dulce la diabetes.

-Juli, antes de que aparezca tu hermano, acerca esto a papá que estará en casa de la abuela. Dile que es su parte de la última Primitiva y que yo tampoco sé qué ha pasado.
Jaht



jueves 14 de enero de 2010

Diario de Mario




El sol aún dispara peligrosas ráfagas de Vitamina D manteniendo limpias las calles. Llego del Lago y decido echarme tras la merienda, recuperar fuerzas, relajarme. Mi madre suspira en el comedor viendo junto a mi hermana, la chica más perforada del pueblo (23 piercings), una película de Raphael en Cine de Barrio; luego jugarán juntas a exterminar seres de otras galaxias, de Africa creo. Son unas paletas, no las soporto: ni conocen a Dj Tiësto ni han visto la última de la saga Crepúsculo, ¿de qué podría hablar con ellas?. La cama está sin hacer, si mi abuela viviera no hubiera permitido esta desidia; ¡cuanto me quería la jodía momia!.
Lo de mi padre es casi peor, ha conocido en los andamios de Madrid a uno de letras, sin curre en lo suyo, que le está volviendo gilipollas; este fin de semana se ha presentado con un libro de un tal Saramago y con una película que se titula Cowboy de Medianoche, que no pienso mirar (a pesar del título) porque seguro que es un coñazo. Y es que es lo que yo le digo: ¿es normal que un encofrador lea algo que no sea el Marca?...¿de qué vas a hablar con tus amigos?...Eso que estás haciendo es renegar de tus principios. Tú eres un obrero, ¡coño!. Se lo digo enfadado, de mala leche, y él me mira sorprendido. Creo que sabe que tengo razón;  me lo estoy ganando: el otro día me miraba comprensivamente mientras yo daba puñetazos al sofá por la expulsión de Carol, la del Gran Hermano.
Cosas importantes, como esta última de GH, son las que hacen que entre Lydia y yo haya buen rollo: ella también lloró, nos abrazamos y acabamos follando en el buga mientras la taladradora de Dj Mostrenco nos impedía pensar (se nos olvidó el preservativo).
Y no es que yo me crea mejor que nadie porque tenga un coche guay y un equipo Sony CHX-GT230, pero uno se mueve y aprende, que es muy importante conocer ambientes que te enseñen lo que merece la pena aprenderse: buenas discotecas y buenos comercios.
Porque yo me he hecho a mí mismo. ¡Que vivo en casa de mis viejos, ¡vale!, pero porque quiero!. Si yo dejara sola a mi madre, con mi trabajo de "viruta" ganaría una pasta en Barcelona, y no la miseria que me dan aquí, que no me llega para los cinco pagos mensuales que tengo entre manos. Pero uno es un buen hijo, responsable y cauto: que sólo tengo 27 años, ¡hostias!, y toda una vida por delante.
Y basta de reflexiones, que he venido a recargar las baterías y este no es el camino. Quiero que nada me ronde la cabeza y en eso soy un experto, nunca tuve demasiados problemas para dejar la mente en blanco. El acontecimiento de esta noche merece que esté en plena forma. Inicio la cuenta atrás, concentrándome en lo único que importa; el cero coincidirá con la esencia y el sueño profundo: 10) el momento más sublime de la semana, 9) razón de vida, 8) justa rebeldía juvenil, 7) libertad y conquista, 6) hora de reivindicar dignos corrales de ocio, 5) con ginebra o con ron, he ahí la cuestión, 4) decibelios p'al Aurelio,  3) no te entiendo pero "pa" las chorradas que estarás diciendo,  2) bebe deprisa y tendrás una hermosa vomitona, 1) ¡"semos" los mejores, y los más atronadores "regüelderos"! 0) ¡BOTELLON!


Con lágrimas en los ojos. A la memoria de Miguel Hernández que dejó escrito: 

"Juventud que no se atreve,
    ni es sangre, ni es juventud,
    ni relucen, ni florecen.
    Cuerpos que nacen vencidos,
    vencidos y grises mueren:
    vienen con la edad de un siglo,
    y son viejos cuando vienen.
    La juventud siempre empuja
    la juventud siempre vence,
    y la salvación de España
    de su juventud depende"


Y también a los chicos y chicas que no se sienten identificados con el escritor del diario; que sé que son bastantes. 
¡Vale!; y a los que van al botellón y se lo pasan divinamente: se relacionan, no mean en la calle, recogen y reciclan los residuos, no dan gritos, no rompen ni queman nada, no permiten beber a menores, no acuden a urgencias al mínimo mareo, no se pelean, no llevan coches cantarines y aprovechan las noches para hacer el amor y no el gorrino.
Jaht

miércoles 30 de diciembre de 2009

Y los sueños, ¿sueños son?


Os quiero contar un cuento. Un cuento de viejo impío, que creció entre clérigos y meapilas; de viejo, que sin saberlo, se hizo republicano entre héroes con corona y príncipes justos (¡como si estos sustantivos y adjetivos fueran compatibles!); de viejo descreído a fuerza de lentos desengaños; un cuento de viejo, aprendiz de misántropo, que luchó contra esta condición y empieza a darse cuenta de que tal vez no debió gastar fuerzas en ese empeño. Ahora, que las noches son más largas que los días y las cortinas de lluvia convierten todos los paisajes en grabados japoneses, os quiero contar un cuento:

Eran las seis, la tarde sepia, envuelta en hojas amarillas, trepaba hacia el cerro en el que la última noche se escucharon aullidos. Abajo, los caminos sucios y blancos se afilaban y penetraban raudos en el pueblo buscando caldos calientes y chimeneas. Los moldes de botas y pezuñas esperaban en la nieve otra fugaz intrusión de hombres y bestias cargados con leña, que pasaban cabeceando y concentrados en lo que parecía una huída, a juzgar por las insistentes y temerosas miradas a los meandros del sendero.
Las calles vacías recibían a los aldeanos y sus caballerías, que espantaban el miedo y el silencio con toses, juramentos y redobles de cascos herrados sobre piedras heridas, que despedían chispas como imprecación.
Al llegar a la taberna del "Ratonés", Bonifacio fijó las riendas a la montura, arreó la mula, para que se fuera acercando a casa y atraído por el farol de lamparilla  y el caballo ruano atado a la argolla de la puerta, entró cautelosamente, afirmando bien sus pies sobre la rugosa madera del piso, adaptando sus ojos a la penumbra del estrecho pasillo, temeroso, los brazos por delante, y de pronto..........................

..........Una linda señorita recogió su abrigo de armiño, estampó dos húmedos besos en su frente y barbilla y cogiéndo su mano, con ternura, le acompañó a una enorme sala adornada con novedosos motivos navideños y con una lujosa mesa circular en el centro, en la que no faltaban pavos rellenos, frutas exóticas, dulces con banderitas indicadoras de su nacionalidad y vinos, licores y refrescos de todos los colores. Al fondo, sobre un altillo entarimado, una big band de maoríes desnudos y tatuados disparaba melodías que daban alas a los ligeros pies de los asistentes; estos sonreían constantemente y de forma tan luminosa que Facio, que así le llamaba la chica tostada y vaporosa, pudo observar que no había arañas o bombillas en aquel patio resplandeciente. Toda la luz procedía de sus boquitas de piano (sin teclas con caries), de manera que si por un momento, los dos mil invitados hubieran sellado sus labios, hubieran reinado el caos y la oscuridad. Pero todo estaba pensado en aquella macro fiesta,  por si  tenía lugar el improbable apagón: no menos de trescientos ministros de paises de economía emergente (los que parten de cero) estaban situados cerca de las puertas, con un bocado que hacía inutiles sus intentonas de "fermer la bouche". Y mientras, a una endiablada velocidad, cabalgando sobre un vals que los polinésicos interpretaban con vertiginoso swing, la pareja protagonista avanzaba hacia el que parecía, por su impecable traje y maneras, el jefe de todos los camareros, al que acompañaba una preciosa mulata con un cestillo de uvas sobre su cabeza. Ella, la danzarina, gritaba:
-Papá, mamá, es Facio, ha venido desde España.
Y él, ebrio de entusiasmo saludaba al pasar frente a ellos:
-¡Hola señor Barack Hussein, hola señora Michelle!, no se preocupen se la devolveré antes de las doce. Son ustedes más blancos de lo que imaginaba!.¡Adiós!
Y siguieron circulando, nunca mejor dicho, hasta el jardín; e imparables retozaron por los paseos del parterre, y, tras tropezar, acabaron rodando por el cesped hasta que literalmente se los tragó la tierra. Abrazados, fueron descendiendo por un tunel vertical y estrecho, con paredes acolchadas con balas de algodón y quedaron dormidos durante el viaje a las antípodas.............

.................Boni salió por fin de la trinchera de arena y la ayudó a subir, había pasado miedo pensando que no conseguirían escapar; la luna hubiera sido testigo de cómo les devoraban las fieras, pero no quiso asustarla y la dijo que debían permanecer allí, en silencio, sin llorar, hasta que el último tigre famélico se fuera a un McDonalds, siguiendo el dulce olor de la carne muerta. La pequeña era hija de la última novia de su padre, que ahora hablaba y reía con mamá: ¡nunca se habían querido tanto!; ¿porqué no se separarían antes?, se preguntaba el muchacho que pronto cumpliría los siete años, mientras esperaba a la cría, de tres, al final del tobogán.
Sus padres venían ahora más veces al parque que antes, con la excusa de que los niños tienen que jugar, pero a él no se la daban con queso: querían verse. No le importaba, se alegraba; aunque a veces se comportaran de forma infantil  y se olvidaran de ellos.
María es muy bonita, rubieta con chupa-chups, pecosilla, alegre y sociable. Boni, más retraído, la regaña por intimar con el primero que pasa  y la abraza arrastrándola hacia las coloridas distracciones, entre la arboleda. Un rato antes ha tenido que separarla de un cura joven, con hábito, todo negro, y con un extraño sombrero; y de una mujer antigua que leía en voz alta, algo sobre ".....tardes y aullidos". Ambos, sentados en un banco, no han dejado de cuchichear, reír y seguirles con la mirada.
El muchacho quiere irse y busca a sus padres que ya no están, corre arrastrando a la niña  y de pronto se da cuenta que sólo tiene un chupete entre las manos; mira a su alrededor, paralizado por el miedo, y ve a lo lejos perderse el vuelo de una sotana tras un chopo gigantesco. No hay nada más, no hay nadie más. Quiere gritar y no puede... y entonces recuerda y activa algo que le dijo su maestra para situaciones límite: cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero, y : ¿despierto?............

.................Lucía se levanta mareada . Ha pasado mala noche. Vueltas y más vueltas en la amplia cama, enorme desde hace cinco meses, cuando quedó sola, con un embrión. Las ecografías del día anterior la hacen andar sin sombra; el niño va bien, pero es inquietante ver a un feto con dientes. Tampoco ayudaron mucho los cafés que, con Petri, tomó a última hora en aquel bar con las paredes forradas de horrendas máscaras.
En las largas horas tenebrosas, cada cambio de postura ha significado: un sueño inconexo, una absurda quimera y un creciente desasosiego.
Sentada aún en la cama, adormilada e inerte, se pregunta qué hace una piruleta pegada entre las páginas del libro de Cuentos de Aldecoa y porqué en lugar de sus cómodos zapatos hay en el suelo unas zapatillas de baile; la piel se le eriza cuando ve que el despertador marca las seis y que por delante del balcón abierto cruzan hojas amarillas, y se cuelan el frío y un salvaje alarido que hace dar volteretas a la criatura que habita sus entrañas. Arranca el crucifijo de la cabecera; lo aprieta, cabeza abajo, contra su pecho y se dirige despacio hacia el ventanal, los ojos perdidos en el horizonte....Quiere ver muy cerca la nieve, quiere fundirse con ella.


A quienes cubren de blancas mariposas los negros sueños.

 Jaht

martes 15 de diciembre de 2009

¡Pero Mira Como Beben...!




El aire frío y el humo venían cargados con volutas de recuerdos, que como diminutos tornados entraban por la nariz, llenaban los pulmones y, al momento, encendían olvidados rincones en mi cerebro. Allí se recreaban escenas y sonidos que tenían que ver: con botellas de anís, almireces y villancicos; con calles empedradas, cántaros de leche y rimeros de leña; con rebuznos, campanillas y candiles. Supuse, que en el imaginario de mis nietos, dentro de 50 años, las melancólicas evocaciones tendrían en cuenta: los camiones de pollos de Veravic, el cine en 3D y los Papá Noel trepando por los balcones; los videojuegos, la Picasso de su abuelo y los contenedores de colores  para reciclar; los gusanitos de luz que trepan por las farolas, el chunga-chunga del coche tuneado del vecino, con re-mix navideño y la casa-bar de sus padres.

Un siglo. Un siglo con cien paradas, con cien finales de año; obligados a mirar atrás, obligados al arqueo de memoria, aún cuando no seamos aficionados a la contabilidad. Y todo para ponernos tristes, para extrañar a los que no están y para rellenar los últimos días de Diciembre con hormigoneras y hormigoneras de tópicos hipócritas. Sé que al menos en esto no estoy en minoría: somos más los que sufrimos estas fiestas que los que las disfrutan.

Pero no desesperéis, allí estaremos, solidarios: con el gorrito y el matasuegras, la sidra achampanada, la cuenta atrás y las uvas, los besos (incluidos los de Judas) y el feliz año, las respuestas "ingeniosas" a preguntas "trascendentes"(P/ ¿Qué te han "echao" los Reyes? R/ A mí de casa) y el superpopular...: "lo importante es que "haiga salud".

Contad con nosotros que, aunque resentidos, tampoco queremos cargarnos el sistema y menos ahora que tenemos al consumo en la UVI. No os preocupéis mariscadores, bodegueros, banqueros, políticos neoliberales, emprendedores, estrategas económicos, periodistas pesebreros y multinacionales del comercio; haremos de tripas corazón, aquí estamos, dispuestos a salvar la piel de quienes nos despellejan. ¡Todo sea por defender el espíritu de las navidades pasadas!.

Como no podía ser de otro modo, hacemos nuestra la tarjeta que ha ideado el colectivo (más de cuatro millones) de parados para pedir este año el aguinaldo:

Ave, benefactores del ingrato e indolente trabajador, los que no merecen ni respirar vuestras exquisitas flatulencias os saludan y os desean Felices Fiestas y  Todavía Más Próspero (si fuera posible) Año Nuevo.
¡DAME ALGO!. 
         Uno de los parados del barrio         
Jaht

Gracias a Matt Groening y a El Roto por dejarme sentar a estos dos pobres en mi mesa.



jueves 3 de diciembre de 2009

Estación Abrevadero


"Siempre rebosa el amor en los reencuentros".



Mientras camino, la frase martillea mi cabeza rítmicamente, al compás de unos pasos que cada vez son más rápidos y más alegres. Mi padre fue el creador de esta luminosa sentencia hace cuarenta años, cuando yo era apenas un niño. Si Marciano, que así se llamaba el filósofo y poeta, hubiera tenido que escribirla con garabatos de oro, hubiera necesitado primero de un escribano que tradujera en letras las palabras, porque él era casi analfabeto. En cambio, en mis recuerdos están cinceladas sobre blancas e indelebles nubes de algodón y en el lenguaje universal del sentimiento, que no permite error, ni faltas ortográficas. Recuerdo, con todo lujo de detalles, el momento en que volaron de su boca, mientras esperaba en cuclillas con los brazos abiertos, la llegada de mi madre y los tres cachorrillos, que corríamos más deprisa que el tren que se alejaba. El andén, en Plasencia, estaba plagado de cajas, bolsos y maletas cruzadas por correas, y de hombres rudos como él que hablaban de las carbonillas del tren para no admitir que estaban llorando. Eran las once de la mañana y el frío sol de invierno caía tan sesgado que dejaba a oscuras, aunque pintado de escarcha, todo lugar en que no aterrizara uno de sus rayos.Un año, sin una cara que pincha junto a la tuya, es mucho tiempo para un niño que tiene que defender en la escuela a un héroe emigrante, que sólo aparece por Navidad.

Pero no he venido hoy  hasta el apeadero, para hablaros de mi infancia sino de la gran verdad que habitaba el pensamiento de mi padre: "...del amor que rebosa". Hay en las estaciones tantos trocitos de corazón, tanta ternura suelta (como aquella carbonilla que atacaba los ojos de nuestros "ulises"), que no es cuestión de desaprovecharla y menos en estos días que corren, tan desaprensivos.
Yo vengo habitualmente a bañarme en miradas de esperanza, en suspiros, en abrazos que abarcan familias enteras, en risas y sobre todo en los ríos de lágrimas que purifican el pecho y despejan la cabeza (recomendable, no sólo para el espíritu, también para los catarros).
Pero también he sido testigo de huídas sin equipaje, de yertas muecas de bienvenida, de miedos infundados y de lunas de miel que se rompen al poner el pie en el estribo.Creemos que únicamente lloran los que están en tierra y eso es porque dejamos de ver a los que se van; pero siempre el amor está por medio: por exceso o por defecto; y los que venimos a esta especie de balneario de Renfe salimos reconfortados y más limpios.

La experiencia ha convertido mi imaginación en un instrumento casi infalible para detectar situaciones emotivas y novelescas. Por ejemplo os puedo asegurar que esa chiquita del piercing en el ombligo y el abrigo de piel, que se come las uñas, está esperando a una amiga (antes decíamos novia) que está haciendo oposiciones para entrar en las Fuerza Armadas. Y ese señor mayor, de grandes cejas y gesto adusto, marcha a pasar las nochebuenas en casa de su hijo, que hace tres meses que no se acuesta con su mujer. ¿Y qué me decís del que acaba de cruzar el hall a la carrera?; no, no es un carterista; es hincha del Barça y lo televisan a las ocho. Ese inquieto del móvil y el maletín, ni se va, ni espera a nadie; está haciendo tiempo; hace meses que perdió su trabajo. La pareja que acompaña al hombre del sombrero y el poncho, los que se dirigen a la calle, son policías y él un estafador de poca monta.
¿Que en qué baso mis suposiciones?: En sus miradas, sus manos, los bultos o falta de ellos, la respiración, su vestimenta, sus gestos, los regalos...... y tantos años de abrevar en estas charcas en que chapotean las sensibilidades más sinceras, las inmediatas, las que no se pueden ocultar porque forman parte del instinto más humano, el que más nos acerca a los animales: el de supervivencia.
Sí, en ocasiones he errado el tiro, ¿o no?: una vez deduje que la bella y angelical dama, que aguardaba pacientemente, piernas cruzadas y guantes sobre el regazo, era una señora bien casada que se la estaba jugando a su marido con el sujeto que llegaría en breve; y resultó ser un cura alto con teja y sotana.

Siempre que podáis, visitad estaciones y trenes, aunque no aparezcan en las guías turísticas, no os cobran nada, tienen mucho que enseñar y podréis encontrar, aún, amores olvidados en las antiguas consignas.
Yo creo que el "maligno" ha inventado el AVE para cargarse las salas de espera y los transbordos, aquellos  ámbitos y aquellos empujones que contagiaban humanidad.




 A todos los viajeros, incluso a los que no van a ninguna parte.

Jaht

domingo 22 de noviembre de 2009

Cine de Autor


Sólo una cosa compartieron los asistentes a aquella proyección: Nadie quedó indiferente.
Algunos, ofendidos, abandonaron la sala a medio metraje. Otros esperaron en vano una respuesta a cuanto sucedía en la pantalla. Hubo quien monologó, altivo, con el director a lo largo de la representación, formando parte viva del proyecto, y quien se interesó a la salida por la residencia de “ese sinvergüenza que m’a birlao cinco pavos”
Los programadores, temerosos, hicieron círculo, como los caballos que sienten el acoso de los lobos; y la taquillera, con el botín bajo el brazo, puso tierra de por medio cuando los murmullos iban “in crescendo”.
Quienes habían acudido espoleados por el escándalo salieron escandalizados, pero descontentos (esa actitud no la entendí). Los que entraron con el centro de gravedad bajito daban angustiosos traspiés, con las manos en la espalda, buscando algo que debía estar por debajo del nivel del suelo. Los más vehementes aprovecharon la pasarela central para rasgarse las vestiduras y uno, que no se llamaba Nikito, si no Quinito, se hizo el hara-kiri con muy poco honor, todo hay que decirlo, porque había comido coles.
En este ambiente, más caliente que cálido, es perdonable que los cuatro que disfrutaron de aquel extraño film no dijeran ni pío, amparándose en aquello de que es mejor ser un cobarde vivo que un héroe muerto.
Ni que decir tiene que esta bochornosa situación no tuvo lugar en la Sala Avenida, donde al reclamo del Cineclub El Gallinero acude un personal correcto y exquisito con un nivel crítico y un respeto fuera de toda discusión. Como mucho, los más exigentes, se atreven a decir “irreverencias” del tipo: “Jopelines, me ha incomodado ligeramente esta visión distorsionada del genio danés”.
Jaht


A El Gallinero que ha tenido la osadía de poner una película más (y van cuatro) del irreductible Lars Von Trier, con todo el riesgo que ello supone. 

¡187,  y seguimos! 
¡Larga vida al cineclub!.                                                    

martes 10 de noviembre de 2009

François



El sol irradiaba aquella mañana de tu blanca tez de niño. Qué más podías pedirle a la vida si había luz y pan, corrías sin cansarte, la sonrisa encendía tu cara y reías porque la levedad te hacía flotar, y la brisa primaveral te cosquilleaba. Te esperaban en casa y querías llegar antes de que la baguette se enfriara. De ahí que compitieras con tu sombra y con la ventaja de que había pocos viandantes. Y es que en aquellos días París era un pueblo y podías cruzarte por la calle con el tío Pablo, ese señor de España que, decían, era buen pintor y al que le gustaba hurgar en los contenedores,  e incluso con el loco de Ronis, el hijo de la viuda pianista, que disparaba a todo lo que se movía.
Las mujeres, que jaleaban tu carrera, llevaban aún pañuelo en la cabeza y las madres olían a ternura y sus brazos eran cálidos y suaves. Tenías ganas de volver pronto para respirar el café y el croissant que, como cada Domingo, tu padre tomaba en la cama mientras leía Libération. La portada del matutino hablaba de que un tal Jonas Salk, americano de origen polaco, había inventado una vacuna contra la poliomielitis y de los éxitos del nadador  Jean Boiteux al que su padre, con boina, abrazaba dentro de la piscina.
Nunca olvidarás aquel día, ni la espléndida matinée, porque todos tus sentidos funcionaron al unísono y te hicieron fuerte e indestructible. Paraste el mundo, pero no para bajarte sino para observar con más detalle cuanto te rodeaba, y por momentos fuiste el ser más feliz de la tierra; y la justificación de que la vida merece vivirse aunque solo sea para eternizar esos segundos en que la inocencia y la alegría se imponen a la realidad, que resbalaba sin asidero por tus seis largos años de vida.

Hoy, 57 otoños después, al cerrar los ojos, has vuelto a ver al fotógrafo de aquella festiva mañana y  han retornado el tufillo a orín de perro impregnado en las piedras y la fragancia de los primeros narcisos del parque; y los evocadores efluvios de la acicalada señora que acude a misa, del obrero recién afeitado y del betún de las botas del gendarme. Y es que los Domingos olían diferentes y sonaban distintos: campanas, diales saltarines, tranvías alegres, pájaros tenores, ruidos musicales y cambalache.
Cuando sea lunes: las barberías, los ultramarinos con ruedas de arenques en sus puertas, los gritos de la verdulera, los silbatos de los guardias de tráfico y los emberrenchinados R4, se harán cargo de la calle.

Cuando sea lunes….
Cuando sea lunes: irás a recoger a tu nieto que no se llama François y te enterarás, en el kiosco de periódicos, que el hijo de la pianista ya no está entre nosotros y, aunque ya sabías de su edad, sentirás que la cebolla de tu vida ha perdido otra capa; y el frío recorrerá tu espalda, sin escapar de tu cuerpo, quedándose instalado en un rincón cerca de la cabeza. Lo que pasa siempre que muere uno de los nuestros.
Y al salir del colegio el niño te preguntará una vez más:
-Abuelo, ¿cuando vamos a ir a ver a ese señor que te hizo una foto vestido de antiguo cuando eras como yo?
Y, esta vez, responderás lo de siempre:
- Pronto Willy, muy pronto.
Y le estrecharás con fuerza para ahuyentarte el frío y pensarás en todos los brazos que ya nunca te abrazarán.
Jaht 


A la memoria de Willy Ronis fotógrafo francés que murió el 12 de Septiembre del 2009 a la edad de 99 años. 
Por haber vivido enarbolando la única bandera que debiera importarnos: 
La Humanidad. 

Y para Le Petit Parisien, allá donde se encuentre.

martes 27 de octubre de 2009

Nueve Letras (II)



Conociendo las mimbres con que estaba urdido K, dilucidé que aquella mujer trascendía el trabajo frío y riguroso, oficial, milimétrico y de alta precisión de mi ex colega. El hecho de encargarme la faena hablaba a las claras de que la historia que había tras aquellos supuestos ojos negros escapaba al mundo de aséptica microcirugía documental, asexuada y pragmática de un aventajado, supongo, funcionario de platino del CNI.


El primer contacto visual me colocó en un plano de hipnotizado ser inferior, tal era la clase que irradiaba: movimientos de suavidad felina, sonrisa triste de terciopelo, discreta seguridad, elegancia natural, perfume a piel y a eucalipto…….Una dama inalcanzable,  un irresistible personaje recién apeado de una pantalla de cine. Hube de sacudir mi encandilamiento con un largo trago al cóctel que me traía entre manos para despertar a tiempo y leer, más que escuchar, de labios de la recepcionista el número de su apartamento que resultó estar en la misma planta que el mío. Luego, colocando las gafas por encima de su frente regaló al mozo una mirada adornada con un extra de  simpatía y se dirigió tras él y sus maletas al ascensor sin perder ni un grado de verticalidad, insinuando con sus largas piernas que lo de los cuerpos perfectos es anterior al Photoshop.


Pude enterarme (secreto profesional) que sus intenciones, las de Rita (nombre a todas luces falso) eran quedarse veinte días y aprovechar el sol, la playa y la tranquilidad del fin de temporada. Di el último sorbo, hice un gesto de despedida al camarero, que era del Atletic igual que yo, recompuse mi estampa, como hacen los boxeadores que han estado a punto de ser noqueados y analicé la situación; y con el objeto de mi investigación ya corporeizado (nunca mejor dicho) decidí concentrarme en mi trabajo y actuar como un auténtico sabueso. ¿Quién será la Matahari, de dónde vendrá, qué misterios oculta, para qué gobiernos trabaja….? Todas estas preguntas rumiaba camino de la estancia cuando tropecé en el pasillo con el afortunado receptor de la sonrisa divina, con el botones, que apresurado y encendido como un tomate corría para recuperar su puesto en la entrada del hotel.


Aquella misma noche durante la cena pude anotar en mis apreciaciones que el “objeto a investigar” dominaba varios idiomas y que parecía hablarlos con tal fluidez (cierto es que yo tampoco había estudiado filología), que sólo con este detalle no me sería fácil conocer su nacionalidad. Añadí también en mi cuadernillo que las conversaciones parecían muy afectuosas y que en su mayor parte las mantenía con varones, pormenor sin interés teniendo en cuenta su condición de abeja reina. Charló animosamente con un grupo de estudiantes alemanes que la rodeaban babeantes mientras esperaban juntos en la cola del buffet, con la pareja francesa que compartía mesa, con los camareros gaditanos;  y me desconcertó verla alejarse, con toda familiaridad, hacia el mar y la luna del brazo de lo que parecía un dandi inglés.


Amigos no le faltaron en ningún momento y especialmente los que llamaríamos amigos íntimos, esos que ayudan con la crema protectora e incluso pasan a tu habitación con el pretexto de recabar alguna información de tu portátil. En ningún momento observé actitud sospechosa, que delatara su condición de agente al servicio de ocultos intereses: nada de llamadas desde teléfonos públicos, ni equívocas miradas, ni largas ausencias,…..nada fuera de lo común. Era el topicazo de la persona ociosa con el único objetivo, fácil en su caso, de múltiples aventuras amorosas.
Esta inexistente peligrosidad me resultaba aún más intrigante. Ni siquiera los micrófonos que logré introducir en su dormitorio aportaban algo más que tertulias intrascendentes y monumentales jadeos.
El aura con que yo la había distinguido me pareció excesiva, viendo la facilidad con la que unos y otros obtenían sus favores. ¿Qué tipo de caprichos mantendrían ahora ocupado al disoluto Francisco?


El lunes de la tercera semana, próxima la finalización de su estancia en la bahía, y sin nada de interés que aportar al informe, la seguí hasta unos multicines; allí la esperaba un conocido camarero del Conquistador. Pasaron acaramelados a la sala en que ponían la última de Tarantino y tuve la impresión que ella me atisbaba tras sus impenetrables gafas. Contrariado, entré a ver Mapa de los Sonidos de Tokio y en lugar de sacudirme la obsesión salí del cine todavía más aturdido pero dispuesto a pasar a la acción.


Por la mañana, tomando el vermouth, comenté con Juanjo la clasificación. Y hablando de los leones rojinegros y de su futuro liguero, supe también que la dama misteriosa era una gata sobre un tejado de zinc que huía de afectos, vínculos y fotografías, y que prefería quedarse sola tras el apareamiento.
Siguiendo la portada de Público leí que el Jefe Supremo de Inteligencia había entregado de forma irrevocable su dimisión, mi olfato se activó y supe que pronto las piezas encajarían.
Tras la cena, en la barra del hotel, sin preámbulos, me dirigí a Rita: - ¿Qué tal los Malditos Bastardos?. No se sorprendió por la pregunta; apartó, interesada, el cigarrillo de sus labios, me lanzó una cautivadora mirada, que sostuve con oficio, y respondió, con sorprendente y dulce acento canario: - El amigo Quentin se está volviendo blando, ha dejado a tres vivos.
Continuamos, entre copa y copa, hablando de cine, de música, de libros, de desamores que perpetúan el amor y hasta de soledades. Con esa complicidad que dan la noche y el alcohol, llegamos al análisis de las verdades universales, sin pasar siquiera por las íntimas mentiras. De repente intuí, no me preguntéis cómo, que ella sabía quién era yo y creí adivinar su misión; pero a un profesional sólo le interesan las certezas.
Era difícil no sucumbir de forma inmediata a su melancólica caída de ojos, a esa necesidad de ternura que insinuaba, a esa emergencia de besos y abrazos……pero aguanté el pulso y conseguí que en su penúltimo ron su voz se quebrara un segundo al hablar de alguien, que por el momento de la charla, deduje que podía ser un hijo. Recobró al instante la firmeza e introdujo su rodilla entre mis piernas, ronroneando: - Sé de un sitio en que podrás tomar el último Gin-Tonic; y cogiéndome la mano tiró hacia las escaleras, con apremio. Subimos de dos en dos los peldaños descansando para alimentar la pasión, el único alimento que provoca hambre.


La suite de Rita era la prolongación de su persona: calidez, misterio y fantasía. Ella pidió mi colaboración para bajar la cremallera de su vestido mientras la voz de Billie Holiday y el saxo del Presidente  lloraban a ritmo de swing; se perdió con una sonrisa en el cuarto de baño, y yo me dirigí al aparador para componer dos copas como en mis mejores tiempos de barman: niebla de cáscara de limón, rodaja de pepino, hojas de menta, lima salvaje....y algo más. La intensidad de las lámparas descendió y coincidiendo con las primeras notas del piano de My Man apareció a contraluz la silueta desnuda de una mujer en sazón. Me acerqué con las dos copas en las manos y se materializó sobre su cuerpo un camisón corto, como una cortina de lluvia blanca; sin hablarnos brindamos, nos miramos dentro de los ojos y bailamos como si fueramos dos enamorados. Cuando acabó el tema hice resbalar el picardías de sus hombros y la deposité sobre la cama como si fuera de cristal, un cristal recien soplado, caliente. Susurré promesas en su oreja e imploré tres minutos de ausencia.


Al regresar del aseo ya dormía profundamente, la dósis de diazepán había funcionado y comencé mi reconocimiento. Al registrar su bolso hallé conclusiones de todas mis hipótesis; tenía, efectivamente, entre útiles cosméticos, preservativos y chicles, la foto (fallo imperdonable) de un adolescente, con la misma cara del joven Kiko que conocí,  y una ampolla de batracotoxina con la que me hubiera colocado en un plazo de cinco horas en casa de Hades, o sea, en el Reino de los Muertos. Así pues esta Viuda Negra era la señora y el puñal de aquel que un día confesó que yo fumaba marihuana y del que no quise descubrir sus perversas aficiones; y que 
ahora, próximo al poder del imperio de seda, repta, 
político sibilino, para obsequiarme con el sueño eterno.
 Sentí lástima de la muñeca rota, bocabajo, sobre la sábana roja y comprendí su furor uterino. Escribí sobre su piel nacarada con tinta indeleble:
"Habéis fallado y no olvides K que tu condición de --------- es mi arma secreta; y que ya está a buen recaudo. Si vuelvo a sentir cerca de mí tu aliento te hundo en la miseria. 
Págame el resto"





A los poderosos, que no lo serían sin nosotros, con el menor de mis aprecios .



Jaht

lunes 19 de octubre de 2009

Nueve Letras (I)



Cuando escuché el mensaje de aquel número desconocido (9347851926)  en el contestador no podía dar crédito. Parecía llegar del más allá. Veintidós años sin saber nada de él y de pronto surge, sólo voz; preocupado: “ Celi, soy yo, K, quiero pedirte un favor. A tu ciudad llegará el viernes alguien que quiero que vigiles, es un tema muy personal, quiero que me cuentes la verdad. El elemento a investigar es Mambon  GFD en el Hotel Conquistador. Sé, no me pidas explicaciones, que sigues en esto. El número que aparecerá en esta llamada no existe, no puedo hablar contigo. Cuando averigües algo déjame el mensaje en tu blog, como haces con los otros. Hazlo por lo mucho que nos unió. No tendrás nada que decir de los honorarios, de hecho ya he ingresado parte en una de tus cuentas”

El cabrón de K, todavía vivo, aunque no me extrañaría que estuviera muerto para los del Registro. Estudiamos juntos, los dos íbamos para espías aunque yo me quedara en mugroso detective. El, se volatilizó un día por los pasillos del CNI y desde entonces perdí su pista. Aprendimos juntos muchas cosas; de las primeras, a descifrar mensajes encriptados en un texto, de la manera más fácil. La mayoría de los transcriptores estudian las posibilidades  más enrevesadas, cuando la respuesta suele estar tras una fácil combinación de letras ordenadas según indica una cifra que aparecerá casualmente en el texto: primer número para la línea contando desde el final; el resto forma la frase o la palabra, de atrás hacia adelante sin tener en cuenta los signos.

Era bueno, su falta de principios y escrúpulos le convertían en un candidato muy interesante. Y sí, hubo un tiempo que fuimos inseparables, aunque cuando en la prueba final le dieron a elegir entre un amigo o un trabajo de por vida, me traicionó; en ese momento nuestros maestros decidieron que él estaba preparado. Luego me pidió disculpas y se ofreció para llevarme a la parada del autobús tras mi expulsión: “Tú hubieras hecho lo mismo, entiéndeme Carlos Elías, así es la vida. Yo quiero ser un buen profesional de esto. Eres demasiado humano”. Entonces creí comprenderle, no me preguntéis porqué, supongo que la convicción también formaba parte de su oficio.
Con el paso de los años y las nuevas perspectivas fui colocando al amigo K en la ubicación adecuada dentro de mi vida: en el baúl del olvido. Así las cosas, lo primero que se me pasó por la cabeza fue devolver el dinero, guardar el mensaje en el mismo cajón que su recuerdo y dedicar el fin de semana al sofá, el cine y los partidos de fútbol. Pero antes de rebobinar quise oír de nuevo su voz angustiosa y confieso que me picó la curiosidad por saber quién era la mujer que se escondía tras esa descripción.

El viernes, como efectivamente la cantidad ingresada era jugosa, me permití contratar una habitación, con vistas al mar, en el hotel más rumboso de la que era mi nueva localidad desde hacía tres meses. ¿Cómo sabría Kiko (de ahí su nombre de guerra, nada que ver con el agrimensor del Castillo de Kafka) de mi última residencia?
Conseguí, con una excusa irrefutable, que me permitieran ocupar el cuarto media hora antes y localicé un discreto lugar en la recepción para ver sin ser visto. Saqué un libro manejable, ya leído, comprobé que las letras no estaban cabeza abajo y me dispuse a esperar pacientemente la llegada de lo que llamaría mi cliente: “elemento a investigar”.
Paseé por los jardines sin separar la vista del hall. Pedí a un camarero un Gin-Tonic y unos pastelitos. Visité un par de veces los servicios y, con celeridad y alivio, constaté al momento que ningún vehículo con matrícula GFD había entrado en el estacionamiento. Se hizo esperar, tanto que hube de cambiar a otro tomo; no fuera que alguien hubiera visto el título del delgado ejemplar con el que empecé la mañana (Del Amor y Otros Demonios), la gente se suele fijar en esas cosas. Iba supuestamente por la página veinte de los Cuentos Completos de Ignacio Aldecoa, a falta de cinco minutos para las siete de la tarde, cuando cruzó el aparcamiento un Audi negro que se colocó tras un seto de buganvillas, tan rápido que sólo pude apreciar el color. Me incorporé y con disimulo, el libro bajo el brazo, decidí salir a estirar las piernas. Allí estaban las letras deseadas; y efectivamente, el retrato encriptado del espía se correspondía con la realidad: alta, de mediana edad, bonita…. sólo quedaba constatar si los ojos, que se ocultaban tras esas innecesarias gafas de sol, eran negros.
Jaht

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