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martes, 28 de diciembre de 2010

César





Las cosas no pintaban bien para César cuando hace unos 18 años decidió acercarse cautelosamente y con una exquisita educación, que intentaba infructuosamente servir de barrera, a los aledaños de la mesa uno del Café de Freddo. Los tertulianos de aquellos días le habilitaron un cálido nido, que previamente habían acolchado con respeto y camaradería, a sabiendas que llegaba derrotado tras una dolorosa travesía, salpicada de fracasos y desafectos.
Fue entonces cuando conocimos a la persona de la que habíamos oído hablar y que no encajaba en ninguna de las leyendas urbanas que algunos lenguaraces y negros arácnidos habían tejido a su alrededor.
Luego, tras él, llegaron otros, atraídos por el embrujo de sus palabras y el cantarín discurrir de un río de sabiduría que, cual bebedizo mágico, aliviaba nuestra sed de conocimientos.
Entre las posibilidades que, como conversador, le brindaban Jaraíz y sus aledaños eligió una modesta mesa redonda, casi una camilla, en la que debatió de tú a tú con mecánicos, fotógrafos, cerrajeros, médicos, compañeros de instituto, alumnos, jornaleros, parados...; y entre Ducados y cervezas prestó oídos a quienes, como a él, desazonaba la vida.

Las estaciones marcaban también el color y la temperatura de las charlas, las largas charlas, que entonces importaban más que cualquier otra cosa. Del caliente refugio cerca de la pizarra, mecidos por la música de Jazz, saltábamos a la calle (...que ya es hora), donde bajo el jolgorio de los vencejos y el errático aleteo de los murciélagos abríamos cada primavera una nueva temporada de terrazas. César aparecía entusiasmado, también porque las blancas y perforadas sillas de la pizzería le anticipaban que estaba próximo el fin del curso, y elegía un sitio que le permitiera colocar su espalda contra la pared. Decía que esta manía era una tara de su infancia y que él era fiel a sus debilidades, pero algunos siempre sospechamos que se refugiaba en esta excusa por no declararse mirón incorregible y para no perder la oportunidad de vigilar la calle y sus movimientos; desde ese mirador privilegiado salieron algunos de sus cuentos y muchos de los personajes que pueblan su minimalista mundo literario.
Cayeron años como hojas. La existencia, la intemperie o el azar llevaban y traían parroquianos a la mesa que alguien denominó de los escritores, aunque sólo había uno. Nuestro amigo César decidió quedarse para siempre, abonado, y formando parte de ella incluso cuando se hallaba encaramado al púlpito de un taburete.
Una tarde de Mayo nos presentó a Hola, una perra tuerta y canela que había salvado de la crueldad callejera y del atroz escarnio que sufren los sin papeles. Ella se hizo dueña de la casa y él ya no tendría que cargarse de valor para volver al lugar en que nadie le esperaba. Además, su nombre, el de la paciente amiga, era una necesaria pildorilla de ánimo y de ahora en adelante nadie podría decir que hablaba solo.

En un período de desavenencias con su propia soledad aprovechó para hacer nuevas intentonas en el peligroso mundo de la pareja, con "seres humanos", como él se hubiera encargado de aclarar; y tras agrios encontronazos, que reabrieron viejas heridas, llegó el encuentro con Begoña que fue capaz, no sin esfuerzo, ayudada por el poderoso bálsamo del querer, de domeñar al niño que el buen escritor y mejor persona llevaban dentro.
Y la vida transcurría al ralentí: sosa, monótona y previsible; ¿qué más puede pedir quien huye de las sorpresas y las aventuras?.
Más hojas; algunas nieves; El Cuchillo de Jorge Cafrune; llegada del galgo que se quedó en proyecto; adiós al "insti", adiós a las caricaturas; libros leídos, libros por leer; guitarras; encajar críticas laudatorias; Paso de contarlo; churros y chocolate con el Pink; escapadas al Gallinero; ¡ojo, Pedrito!; helados para Mohamed; ¡insufribles invasiones agosteñas!; paseos con dos perros parias; conversaciones con mi psicóloga; ¡por dios!; tardes de Freddo; Hola, adiós; curso de alemán; taller de lectura; la familia Acquaroni; coplillas para Mario; teórica de motos; Nuevo Café; devorar internet; paseos con un perro de buena planta y sin pedigree; series televisivas; karma con agujeros (como los calcetines); tabaco; la casa de Bego; ¡qué alegría Rocío!, ya de vuelta; carcajadas con Ortega y Pacheco; bermudas, bastón y gorrita; Manolo y Conchi; Jose, por favor, haz llegar este paquete a Valentín; hay que repetir esto; llamadas perdidas; Rafa y Milo en la puerta del ambulatorio; aquí tienen muchos medios; Pedrito, me han enseñado tarjeta amarilla, por fumador; ----------------

Justo ahora, César, cuando los rotos parecían bien zurcidos y la vara mágica del tiempo había convertido los estridentes violines en flautas dulces y las encendidas arengas en serenas reflexiones. Nosotros habíamos apreciado aquello y gustábamos de esto, porque por encima de cualquier otra consideración lo que nos importaba era tu compañía.
Nos vas a permitir: que te sigamos viendo doblar cualquier esquina, oírte toser muchos metros atrás, que hablemos de ti aunque te hayas ido y nos riamos con tus cosas, con las que vivimos juntos y las que hubiéramos vivido, si la fría madrugada del 18, te hubieras quedado de este lado del túnel en lugar de seguir la resplandeciente luz, buscando posiblemente un mejor lugar para la lectura.

Para quienes conocieron al mismo César que yo conocí y sienten escalofríos por el cariño perdido.
Y para Manolo Merino, el fotógrafo.
Jaht

miércoles, 19 de mayo de 2010

Orozco


Todavía era capaz de emocionar, aunque en defensa propia había decidido hacerlo con más oficio y menos verdad.  Fingía sentir lo que en otros tiempos le hubiera puesto al borde de un ataque de miedo, del éxtasis o del dolor.  Dicen que hace  años hubo de suspender algunas historias para ser atendido por médicos o curanderos, y no sólo él, también algún oyente hiperestésico.
Era el penúltimo cuentista al uso, el último que se hacía anunciar a través del pregonero, de suerte que ya no acudía a los pueblos que habían cambiado al voceador por la megafonía.  Supuestamente no sabía leer, ni escribir y para contar solo necesitaba silencio y una fogata (aún en Agosto) para que, según él, "broten el misterio y la música necesaria que han de acompañar al relato".  Los que llevaban tiempo siguiéndole hablaban de que nunca le habían oído repetirse, era un fantástico improvisador.

Entre las muchas peculiaridades que vestían al respetado vagabundo, no era la menor el paradójico desconocimiento que rodeaba a la persona más escuchada en muchas leguas a la redonda. Nadie sabía su procedencia, ni edad; sus gustos o aficiones; sus creencias religiosas o políticas....De ahí que todos intentaran relacionarle con los personajes que vivían en sus narraciones; por eso era el eje de tantas leyendas: que no era cierto su analfabetismo, que había sido muy rico y que se había echado a las trochas por culpa de una prima de sangre azul, que en sus días mozos fue campeón de boxeo y amante de una famosa coplera vieja, que tenía una condecoración por salvar al hijo de un Primer Ministro portugués.... Los pocos que no le querían bien alentaban la sospecha de que en la guerra había sido coronel, no queda claro en qué bando, y mataba a los presos descabellándoles con un estoque.
Sólo en su titulación coincidía todo el mundo: Orozco, era catedrático de caminos.

Todos los años, dicen los viejos que salvo el de 1965, cuando pintaban las primeras cerezas, empezaba a barruntarse la llegada del "Cuco", como también se le conocía en la aldea.  Una semana antes se hablaba de él en el ultramarino: "...dicen que le han visto por Plasencia, y que se ha dejado la barba".  Aparecía a media mañana, siempre acompañado de tres perros que aunque no fueran los mismos siempre se llamaban igual: Pao, Luci y Martín;  los "cientificos del rumor" concluyeron que serían nombres de hijos de distinta nacionalidad.  El Consejo de Ancianos que se reunía, huyendo del resistiero del sol, en los soportales de la plaza para dictar sentencias poco benévolas, masajear la petaca, escupir en los hormigueros y lanzar sus garrotas contra galgos fornicadores, se levantaban solícitos y se convertían en el comité de bienvenida y en representación del alcalde le hacían entrega de las llaves de un pajar, hogaño el de Juan "Breva".  Luego volvían a los poyos y a la Guerra de Africa mientras el caminante, convirtiendo el trío de acompañantes en jauría, enfilaba hacia el arroyo para comer y refrescarse.

Aquella misma tarde Lorenzo "el Manco" tiró de corneta para anunciar pescado fresco, el cobro de la contribución y la primera sesión, en el patio de las escuelas, del hombre con "más cuentos que Calleja".  Quienes aún desconocían la presencia del fabulador experimentaron la agradable sensación que se tiene cuando estás a punto de descubrir algo nuevo, o de aventurarte en un prometedor viaje. El bando recomendaba llevar sillas y algunos palos para alimentar la hoguera.  Las mujeres no olvidaban los pañuelos: por lo del lagrimeo, ni los hombres la bota de vino: por lo del carraspeo.
Los muchachos eran los más madrugadores y media hora antes del arranque del primer cuento ayudaban a Orozco a ultimar los detalles: preparar la pira, llenar el barril (búcaro, para él), orientar la mecedora del orador en función de la luna, buscar tabaco para su pipa .....; y conseguir un lugar próximo al fuego y la palabra.
A las diez en punto la voz grave del cuentacuentos apagaba los murmullos y se apoderaba de la luz y de las sombras:  "En un lugar muy remoto, antes de que los dragones se convirtieran en rocas......."
Y yo empezaba a volar lejos, muy lejos, en esa alfombra trenzada con vocablos que sólo aterriza con los aplausos.

Aún me llegan por Mayo, con el "trasnear" de los mirlos en el sotobosque, evocativos fragmentos de la increíble, "pero cierta", experiencia vivida por la hija de unos feriantes que habiendo recorrido el mundo entero decidió, en un paseo por la floresta, aburrida de lo conocido, comer de las bayas que convierten a las personas en gnomos para así ampliar horizontes.....; y en mis excursiones al monte va conmigo la quimera de las cabras que antaño fueron ninfas castigadas por no aceptar los requiebros de Polifemo...

Se van la tarde y los colores de estos campos castellanos perdidos en la inmensidad,  y apenas puedo seguir garabateando en mi libreta.  Entré hace horas, huyendo del calor, en este pequeño cementerio que ni siquiera sé a qué pueblo pertenece.  He comido, dormido y escrito bajo el único algarrobo y sobre una lancha de piedra, alejado de nichos, cruces, flores de plástico;  y aliviado por un botijo que algún alma caritativa ha dejado bajo el árbol, quiero pensar que para socorro de quienes se aventuran por estas inhóspitas tierras.  Al incorporarme infiero que he estado recostado sobre una tumba pues mi mano advierte sobre la losa rugosa una rústica inscripción que, contra toda lógica, no me sorprende. Dice: Colorín, colorado...



A quienes están dispuestos a seguir siendo siempre niños para no prescindir de los buenos cuentos.


Jaht    



                                                        

miércoles, 10 de febrero de 2010

Zacarías


Hojeaba el periódico en la barra de aquel bar tranquilo del polígono. La jovencísima mañana arrastraba soñolienta sus pantuflas floreadas y el picoteo del aguacero en los cristales marcaba sobre el cristal el ritmo del tiempo. Dobló el diario y lo alejó de sí con un indefinido comentario que contenía dos palabras: “mentirosos, hijos de puta”. Miró su reloj y un escalofrío de bienestar recorrió su cuerpo al comprobar que aún le quedaba media hora. Pidió a Floro otro café negro, con un chispazo de aguardiente “para apagar el rescoldo” y más agua, “para enjuagar la boca”. Aspiró el aroma del farias, que  sacó de una petaca con el relieve coloreado de una cordobesa que le guiñaba el ojo, y se dispuso a encenderlo con parsimonia, continuando con el ritual: viaje a la oreja (“diagnóstico por crujido”), centrada perforación de un trozo de palillo (“media estocada”), “traje de saliva” y vendaje cuidadoso de la embocadura (“mortaja de papel”), humectar  en la taza (“inmersión”)….. Con un presunto Dupont de plata, de llama regulable, el hombre procedió a calentar el puro, con el mismo esmero que un auxiliar de enfermería hubiera puesto en preparar el material quirúrgico. Una vez en sus labios chupó hasta tres veces mientras sus bigotes, cejas y pestañas parecían querer escalar hacia su inmensa frente despejada, dando la impresión de que efectivamente aquello era una sensacional experiencia religiosa o un maravilloso y profano orgasmo.

El camarero, abrillantando vasos al fondo del despejado local, sonreía; y no pudo por menos que acordarse de aquel sacerdote (Cassen) que atraía a enfervorizadas multitudes de todo el planeta por su maestría y arte al ejecutar la liturgia en Amanece que no es poco. Nuestro amigo, pensó para sí, era merecedor de mejor suerte: guías turísticas, fotógrafos japoneses, cazadores de talentos….

Zacarías observó de reojo, en un giro del taburete, la mueca burlesca del muchacho y se dijo: “Pobre ignorante, si supiera con quién se juega las habichuelas, si supiera que este curre de ahora es sólo una tapadera. Infeliz, hace tiempo que decidí dejar de ser como tú, un don nadie, para ser un hombre respetable….”. Y abundando en sus reflexiones: “Lo único malo que tiene este oficio mío, es que  lo de ser autónomo está complicado; por eso sigues dependiendo de los mandamases, que pagan bien pero son los únicos con cartera de clientes. Porque lo que yo digo, hay que estar muy bien relacionado para ser empresario de esto; y yo al tío más notable que conozco es a un jefe de estación. Pero lo importante es ser un verdadero profesional: limpio, efectivo, discreto e incluso creo que pragmático, aunque este último adjetivo tengo que repasarlo porque no tengo muy claro su significado”.

Las campanillas de la puerta del establecimiento anunciaron la llegada de una cuadrilla de camineros que entraron desabrochándose los chubasqueros y saludando divertidos a Floro y su parroquiano. Este último los recibió de espaldas y con una nube de hollín, que de ser alguno de los peones de origen indio hubiera descifrado como un exabrupto. Aprovechó el inciso para mostrar su Certina de 1970, mientras el brazo izquierdo y la mano abierta rasgaban lentamente las señales de humo camino de la breva. Al instante volvió a sumirse en sus cavilaciones:
“Otros palurdos, que no valen más que para tapar agujeros y limpiar cunetas, ¡y luego dicen que todos somos iguales!. El que vale, vale, y yo bien que me he organizado, ¡no te jode!. Así hubiera acabado yo si no le hubiera echado cojones al asunto. Porque ahora mismo a mí no me falta de nada: mi buen piso con ascensor, mis buenos copazos, mi diente de oro, mi Visa del mismo color…. y de mujeres, ¡ni te cuento!: polacas, rusas, caribeñas, de todos los colores…¡un lujo!. Que he tenido suerte, ¡bien!, lo reconozco; que debería estar muerto, es posible. Pero lo cierto es que soy el único sicario que ha llegado a los cincuenta años y a los cincuenta trabajos (algunos pueblos tienen cementerios más pequeños) ”… ¡Por algo será!, ¡por algo será!, ¡por algo será!...Esta última letanía la entonaba chulescamente, en voz alta, mientras bocadillo en ristre se dirigía a la calle donde le esperaba el camión del Servicio Municipal de Limpieza a cuyo estribo se encaramó.
Jaht

A todos los personajes que son fuente de inspiración y que nunca demandan derechos de autor.

miércoles, 27 de enero de 2010

La Vuelta a Corralda en 4 Horas


Leocadio abarca el vaso de café, resiste el cristal ardiente y a continuación posa sus manos sobre la copa de brandy para infundir alma al licor. Ahora mismo, el cuerpo hacia adelante, la cabeza gacha, se siente arropado por los aromas y las evocaciones, que viajan juntos. Sobre la barra, un sobre del INEM y un billete de 20 € con una leyenda roja, a bolígrafo, sobre la piel del mapa económico de Europa. ¡Todo se ha desencadenado tan deprisa!, piensa el hombre, que no ha leído el texto porque pierde sus ojos en el puente de azul diseño; y se imagina, con una sonrisa agridulce dibujada en su rostro, asando sardinas, justo allí debajo, junto a Carpanta, aquel antihéroe de su dorada infancia. Hace tan solo un año era todo lo feliz que se puede ser cuando aún se aguanta el pulso a  la vida: trabajillo, casa, mujer amable y reguñona, dos hijos y unas perrillas para vermut y cañas de fin de semana. De pronto, como un terrón de azúcar en un vaso de agua, sólo ha quedado el sabor perdiéndose por una antigua circunvalación del cerebro.

-Tranquilo Leo, grita el barman, mientras recoge el dinero para cobrar: dicen que Dios aprieta pero que no ahoga.

En el momento de hacer el comentario, Bruno, el dueño del café Greco, está arrepentido de sus palabras. Es más, se enfada consigo mismo, siempre en voz alta, y se recrimina la falta de autocontrol: ¡un ateo irredento hablando de Dios, porca miseria!. Está claro que lo de consolar no va conmigo; si mi nonno, que decía haber conocido personalmente a Antonio Gramsci, levantara la cabeza me atizaría con la boina y a nuestro amigo, el pesaroso, le daría la hoz y el martillo para enjugarse las lágrimas.
Lleva a gala el no poder evitar empaparse con los problemas de la clientela. "El italiano", como le conocen en el pueblo, al que llegó hace tres años, es querido por su disponibilidad y su aparente atención en las confesiones. Aunque hay quien dice que es de Alicante y que su relación con la península de la bota tiene que ver, precisamente, con un cursillo de tres meses en una fábrica de zapatos; eso no importa, la gente quiere a Bruno, ese tío tan raro, al que se le ha otorgado patente de corso y se le perdona todo lo que justamente hace arder a otros en las hogueras inquisitoriales de la villa.

-Ragazzo, pronto, traéme lo que tú ya sabes; quiero reír  -le dice, alargando veinte euros a un joven delgado y con rastas, que ojea el periódico-

Gorka comprueba con rápida discreción que en el anverso aparecen sobre la plata el número y el símbolo y pone en manos del muchacho un sincero apretón y una bolsita; luego sigue su paseo por el parque en compañía de dos famélicos galgos, dispuesto a iniciar bajo el Pino Gordo, sobre la alfombra verde, sus ejercicios matinales de relajación mental y muscular. Un  rato después duerme sobre la hierba, con unas orejeras que imitan una flor, de sus oidos rebosan tantras, mantras y campanillas tibetanas; mientras, los perros confraternizan con las garrapatas.
Le despiertan otros ruidos menos agradables que resultan ser los de sus tripas, escoltados por los ladridos nerviosos de Abelardo y Eloisa. Deja a los animales en la furgoneta, y se dirige a la tienda de Encarnita, la que le mira con ojos miopes, la que llora con la voz, la que le tiene sumido en un mar de dudas.¡Ay, Encarna la carnicera!: la que ha conseguido que vuelvan los sentimientos de culpa, la que le ha hecho saltar de las espinacas al solomillo.

-¿Es que vuelves a Alsasua, Gorka?, lo digo por lo que está escrito en el billete. Si es así te echaremos de menos, unas más que otros.

Carnita, así llevan treinta años llamándola, es simple y soñadora; y esto no es ninguna incongruencia, porque se pueden desear cosas pequeñas, amores fugaces, flores blancas y sin pétalos, versos cortos y caricias con plumeros de niebla. Es tan sencilla y sincera que parece tonta, ese adjetivo miedoso que esgrimimos como escudo ante nuesta incapacidad de comprender a los niños y jugar con ellos, tengan los años que tengan.
Nunca tuvo ambiciones, ni siquiera "legítimas aspiraciones", ni tampoco caja fuerte; carencias que la colocan como elemento sospechoso dentro de los de su gremio, que utilizan máquinas choriceras para encañar sus fortunas. Pero a pesar de su inocencia, o tal vez por eso mismo, todos la temen ya que es la única persona que puede llamar a las cosas por su nombre, mentiroso al alcalde y fariseo al señor cura; sus verdades son saetas tan irreversibles como los cuernos de Don Friolera. Será por eso, por lo que en su comercio: el mejor, más barato, más concurrido y más limpio de Corralda,  reina un silencio sepulcral que sólo rompen los gramos, los kilos o las docenas.

 -María, aquí tienes la vuelta, y cuidado no la pierdas, que te veo muy despistada, cariño.

La mujer recoje el dinero y tras dar las gracias y despedirse, con media voz , sale a la calle y durante unos segundos piensa en la dirección a tomar, que solo puede ser una. Llega a casa y aparta la olla de la placa eléctrica y vuelve a equivocarse, una vez más, al poner la mesa; retira el cubierto que sobra y se sienta delante del televisor a esperar a Julia y Jairo. La chica llega del instituto y encuentra a su madre en la misma posición que la dejamos hace unos minutos: mirando absorta. La foto de los cuatro sigue en la pared, justo encima de la pantalla apagada. Recuerda algo, justo en el momento en que la niña acaricia su pelo, y se incorpora en busca del  monedero; desdobla un billete de 20 euros y se fija en el  graffiti rojo; estos poetas dicen muchas tonterías -piensa- también es dulce la diabetes.

-Juli, antes de que aparezca tu hermano, acerca esto a papá que estará en casa de la abuela. Dile que es su parte de la última Primitiva..., y que yo tampoco sé qué ha pasado.
Jaht


miércoles, 7 de octubre de 2009

Alberto y Chuchín




ALBERTO

Entra en su dúplex en el centro de Madrid, una de las tres viviendas que le quedaron tras el divorcio . Se sirve una copa y sale a la terraza. Enfrente, el falso castaño le mira imponente con su tupido follaje de verde oxidado. Cuarenta metros más abajo, sobre el césped, un menudo hombrecillo con pintas de vagabundo baila y canturrea con un perro callejero. Envidia la libertad de ese pobretón y de todos los pajarillos que buscan cobijo bajo las hojas del árbol presagiando la tormenta. Apura de un golpe el coñac, auténtico, y se sirve otro que comienza a calentar con sus manos temblorosas. La botella que ha bebido en el avión que le ha devuelto de París no ha conseguido ni siquiera templarle el alma, ¡tan frío le ha dejado la sentencia!. Entra en el piso tiritando y con el mando automático cierra la cristalera, se desviste y tras ducharse se coloca un pijama y una bata, ambas prendas de seda natural.

Coloca un disco en el reproductor y la música de Wilhelm Richard Wagner golpea cada rincón de la casa dejando notas tililando en las arañas de cristal. Ha elegido la función REP para que no cese de sonar la última obra de la tetralogía del Anillo de los Nibelungos: El ocaso de los dioses. El piso está perfectamente insonorizado, los vecinos, a los que no conoce, no se quejarán por el ruido.
Llora, como siempre que escucha el Götterdämmerung, mientras desprecinta con un cortaplumas de oro un arcón de madera con diez estuches del mejor Armagnac del mundo. Coloca la botella sobre la mesa y la contempla con lascivia, luego cerrando los ojos pasea su mano por el lomo de la botella; nunca bebió de una sin curvas clásicas, ni de una licorera con caras prismáticas; siempre aborreció los recipientes experimentales de nuevo diseño y de tacto brusco no aptos para la caricia; para él, sólo formas de mujer.

Las mujeres, su segunda debilidad y su primer objeto de odio, comenzando por su madre. Tras la muerte de Doña Claudia sólo una tiene llaves de este piso y está seguro que si la viera vestida no la reconocería;  por cierto, la dejará un aviso en el contestador. Abre otra de esas joyas de colección y sonríe malevolamente imaginando las caras de unos y otros cuando dentro de unos días los periódicos empiecen a hablar de la caída de un imperio financiero, de fraudes, de cuentas B...Sólo siente no estar presente para ver al imbécil de su hijo sirviendo mesas de terraza y a la cursi de su madre consultando en internet qué hacer para conseguir freir un huevo.

Hijo único y heredero de un emporio empresarial. Lector, en su rebelde juventud de paraisos perdidos, de ese "poetilla" chileno que sólo acertó en lo de la "sed eterna".Ya está borracho, bueno no sabe si ha dejado de estarlo en algún momento del día, pero ahora lo está mucho más y se ríe. Ríe a carcajadas y recuerda a su madre diciendo en la fiesta de graduación aquello de: "Albertito tiene una ligera indisposición tras una más que merecida celebración".

Las lágrimas no ligan bien con el Armagnac piensa mientras gatea hasta la librería. Llegan con los redobles de Wagner los pocos recuerdos agradables: Mónica y la inocencia, aquel verano en el Valle, el abuelo Ernesto y su colección de Cuentos Escabrosos de Curas y Beatas y.....Mónica y la inocencia.
Hace horas que dejó de templar las copas de balón, y de mimar el envase; ahora, encogido sobre la moqueta aprieta el puño sobre el gollete con la misma fuerza del que estrangula lo que más ama. Por dentro arde, su espectro es de color morado y también duele. Los timbales de la orquesta le taladran. No puede hacerles callar. Sigfrido ha muerto. Ya es tarde para todos. Quiere dormir.



INFORME POLICIAL

Llamada de mujer, que no se identifica, conminándonos a acudir a un piso sito en Calle Bailén a la altura de los Jardínes Sabatini, que pertenece a la familia Robles de Altube. Hallado cadáver de varón de 45 años de edad.  Yace en el suelo, en posición fetal. En su entorno varias botellas vacías de Cognac y en sus manos un libro de Pablo Neruda con unos versos tachados : "Tengo lista mi muerte, como un traje que me espera, del color que amo, de la extensión que busqué inutilmente, de la profundidad que necesito."
Hubimos de desenchufar un lector de CD que no dejaba de reproducir música clásica a un gran volumen.
Causa probable de la muerte: Intoxicación etílica.






CHUCHÍN

Atento, amable y dicharachero caminaba deprisa como si tuviera que llegar a algún sitio, como si alguien lo esperara. Saludaba sin parar a conocidos y extraños, siempre con una sonrisa que mordía un cigarrillo apagado; sus ojillos, a veces, chispeaban bien redondos; y otras, el peso de la tristeza,  y el dulce sopor del recuerdo les hacía mirar tras una rendija entre párpados hinchados y cejas rendidas.

Atocha.Una mañana del invierno de 1984, al disipar los primeros rayos  la cortina de niebla y el humo del último tren, empezó a dibujarse, a lo lejos, en el andén, la silueta de alguien que parecía descender de la máquina del tiempo más que de un vagón. Llegó tranquilo y radiante, flotando sobre los murmullos, ataviado con pantalón de pana negra, jersey de cuello alto, zapatos Gorila y boina de los Domingos; en bandolera una bota de vino de fabricación propia: piel de cabra curtida con polvo de encina, impermeabilizada con pez de enebro y cosida con trenzas de algodón; en cada mano una caja de galletas María cruzada con cuerdas y en la boca un purillo entrefino.
Paró en el centro de la sala de espera, se cruzó de brazos y miró hacia la cúpula entreabriendo la boca y asintiendo ostensiblemente. A continuación se dirigió a la salida, entregó una hoja cuadriculada a un taxista y ajustó el viaje hasta la pensión.

Luego pasaron ¡tantas cosas!: la construcción, los bares de La Latina, los escaparates, la habitación de Doña Petra, los amigos, los toros, Casa Jezabel… y Rosalía, los parques, el SELUR, la calle, los bares de La Latina, Casa Jezabel… sin Rosalía, los bancos, las largas aceras, los contenedores, algunos perros amigos, la calle, el supermercado, la sección de vino de mesa, los parques, los contenedores, las aceras infinitas, la sección de vino de mesa, la perrita, el parque….

Aparentemente el amigo Jesús siempre tuvo la misma edad. Los que le recuerdan recién llegado, no han contado en estos últimos veinticinco años ni una cana más, ni un pelo menos. Los dientes que le faltan habían quedado ya por las sierras blanqueándose al sol con los huesos de las chivarras que acarreó desde niño.
Apenas un par de concesiones a su vida en la capital: dejar que Rosalía, la del club, tirara su gorra al Manzanares y permitir que el alcohol mandara ya más que él. Y todo por ser bueno, por no saber decir que no.
Transmitía afecto, que la gente devolvía con unas monedillas que alimentaban su ir y venir al supermercado, a la sección que ya sabéis.
Ayer mismo se le vio de vuelta con un caniche saltarín antes del diluvio y bromeó con todos los tenderos que se apresuraban en guardar las mercancías, los niños que se retiraban del parque cantaron lo que él les había enseñado:
“Vienen Chuchín y su perrito,
déjame mamá que me quede otro ratito.
Es un borrachín pero es simpático
y nos cuenta historias de mundos mágicos”

Lulú no ha conseguido levantarlo esta mañana, ni con ladridos, ni con lametones. Bajo la gruesa raíz aérea del castaño de Indias ha quedado acurrucado para siempre, entre cartones, abrazado a su bota con boquilla de madera de asta de toro…., pequeño y sonriente.
Su amigo Joaquín, el de Becerril, con el que trabajó de barrendero, lo ha encontrado y no ha podido evitar un sollozo mientras le tapaba con un saco de plástico. Hace poco, entre sudores fríos y tiritones, el hombrecillo que nunca se quejaba, le había dicho: “Yo ya no estoy para ambulancias Quinito, lo mío va a ser cosa del Servicio Municipal de Basura.”




Jaht

miércoles, 8 de julio de 2009

Don Fernando Fernández de la Fernandera

Arrastrando su bien merecida y trabajada fama de sabio despistado, al modo en que un niño "golfete" e indolente remolcaría un juguete de madera, entró Don Fernando en el casino de la capital de la Vera siendo las doce y cuarto del mediodía.
La táctica, una vez más, había resultado: ya le esperaban el ínclito Juan Román, el mejor pintor sin duda de su pequeño pueblo y el fiel pagano.... ¡vamos, el señor este del municipio aledaño! , y no es que no queramos acordarnos de su nombre, es que el personaje que nos inspira el relato tampoco lo recuerda.
Para mí siempre será: "mi buen amigo"-solía decir el escritor (copiador para algunos)-.

Y a fe que les procesa devoción( "mi buen amigo") pues lleva meses haciéndose cargo de los aperitivos de tan ilustres autoridades del saber; faros culturales según su humilde opinión.
-Y bien, maestro Román, cómo van esas subvenciones - inquiere a modo de saludo nuestro protagonista-

-De eso precisamente quería hablarte Fernando. Necesito tu intermediación. Mi último proyecto, ya sabes la exposición de la escultora madrileña, ha topado con la insensibilidad de la secretaria del Consejero. Fíjate, no entiende la partida que se refiere a los tres mil euros para peanas. ¡Qué duro es bregar con la ignorancia y la incompetencia!. ¡Ahí, en el suelo, quieren ellos el arte y no en lo alto de un pedestal!.


-Comparto tus anhelos y me hago solidario de tus quejas, pero no desesperes. En lo que a mí respecta haré cuanto esté en mi mano - dijo, llevando la misma, armada con un palillo, a la tapa de magro más tentadora. Olvidado ya, para siempre, el lamento del "pincel verato"-

El nieto de Don Fernandazo, Fernandito fue su padre, es un hombre de su tiempo y por tanto cree en la genética, a eso atribuye su sordera intermitente y el buen estado de sus papilas degustativas y presume, como sus antecesores, de ser un estudioso de las vertientes artísticas insertas en los buenos caldos y en las delicias culinarias. Eso sí, en cantidades medidas, más próximas a la frugalidad que al hartazgo: "....la fábrica de las ideas comienza en la oficina del estómago".

-Por eso queridos amigos- pontificó- los acuerdos que mueven el mundo, las grandes decisiones, los estratosféricos contratos... pasan indefectiblemente por el lomo de una tábula bien pertrechada de cautivadoras viandas y preñada de esencias líquidas y volátiles, capaces de ablandar los más rocosos principios y dinamitar las más encastilladas voluntades.


-¡Camarero, por favor, este discurso merece otro refrigerio!; otra de lo mismo y lo anota en mi cuenta -apuntó el hombrecillo sin nombre al impertérrito cantinero, que sin necesitar de esta última precisión, ya había colocado los tres palotes al afortunado y satisfecho interlocutor de los dos artistas-

-"Mi buen amigo", ¡qué sería de nosotros los creadores, los guardianes de las milenarias costumbres y culturas sin el beneplácito de seres agradecidos y hombres de bien como usted! ...y si no es abusar de su generosidad añada a la comanda una racioncita de pulpo que tiene muy buen ver.


-¡Faltaría más, pase la orden a cocina, Sebastián!


En pláticas y "Fernandólogos" similares se hicieron las dos. Nuestro hombre recogió su portafolios y rechazando caballerosamente la última invitación se despidió de sus contertulios, más bien oyentes:


-Señores, el deber y el respeto que le tengo a mi esposa me reclaman. En mi casa, en el templo de mi familia, la mesa comienza a servirse a las catorce treinta. Sólo una vez en los últimos veinticinco años, el día de la muerte de mi madre, nos hemos saltado dicho precepto. Siento privarles de mi presencia. ¡Au revoir! -y salió precipitadamente haciendo una graciosa inclinación de cabeza-

Huelga decir que en su faldriquera tintineaban las mismas monedillas de la mañana, alegres por continuar juntas, cultivando ya una larga y cálida amistad.


Lo que cuento tuvo lugar instantes antes de que el barman del rostro impenetrable, el marido de la modelo, tomara esta instantánea de Don Fernando en situación más que apurada.



Gracias a Helmut Newton por su colaboración
Jaht

domingo, 24 de mayo de 2009

Angelito

Ágil, era ágil, nervioso, cariñoso, fogoso y muchas cosas con esa misma terminación que empieza a resultaros familiar y empalagosa. Se llamaba Angelito y había nacido en Roa (Burgos); allí donde en el siglo XVIII ahorcaron a El Empecinado (es jodido mantener los principios).
Dos siglos antes, el Cardenal Cisneros había “doblado la servilleta” en esta burgalesa localidad. El, Angelito; no era conocedor de ninguno de estos acontecimientos. Cuando yo le conocí tampoco sabía de la existencia del cura Merino, ni siquiera de los caldos de la Ribera del Duero: Es posible que aún no se haya enterado.
A pesar de estas “limitaciones intelectuales” él era mi amigo, uno de mis mejores amigos, uno de mis pocos amigos. Ni él, ni yo, sabemos lo que nos une; por qué nos queremos después de veinte años sin contacto. Éramos diferentes, pero jugamos juntos al frontón, subimos al monte, comimos churrascos y nos parecía preciosa "La Cantarina", aquella muchacha del barrio a la que quiso violar su padre, y que no volvió a hacer honor a su nombre.
Angel, aspirante a pacifista, trabajó en Expal (Explosivos Alaveses) cuando la guerra de Irán contra Irak y, sin querer, puso nuevo apellido a su nombre: Exterminador; algunos cachos de aquellas bombas que reventaron niños llevaban su firma. Afortunadamente él nunca lo sabrá, o tal vez lo sepa, y es por eso que me han dicho que camina sólo y cabizbajo las calles de Vitoria, deseoso de encontrar una lata a la que patear.
Tomasa, su madre, hace años que murió y ya no puede espolearle. A veces la vida no es nada sin picadores.
Jaht

sábado, 16 de mayo de 2009

Moncho

Diciembre. Treinta minutos para la medianoche. El hombre, de unos cuarenta años, entró corriendo y resoplando en el bar de carretera. El camarero oyó a modo de saludo, por centésima vez a lo largo de la tarde, el mismo sonsonete:
-¿Qué frío hace chacho!... -Ni se dignó contestar-

-¿Lo de siempre Ramón? –masculló agarrando por el cuello la botella de Garvey-
-¡Dale! y di a la polaca que baje que hoy vamos bien de tiempo… ¡y de carburante! – rió palpándose la entrepierna-
Vació de un trago la copa e hizo una llamada en su móvil:
-¿Cómo está la niña, va bajando la fiebre?....¡Vale!.. llego pasado mañana….¡Claro que os echo de menos y más en estos días!...Estoy aquí perdido por los Urrieles tomando café, ¿oyes los villancicos?... Duerme tranquila, un beso.

Nadiuska, así la llamaban, había llegado a su altura y se pavoneaba desde los quince c
entímetros de plataforma de sus espectaculares botas que cubrían, hasta las rodillas sus piernas desnudas.
El camionero apuró su segundo brandy, recogió sus dos llaveros (uno del Ché y otro de Franco) de la barra y metiendo la mano bajo el minúsculo pantaloncillo de la joven, volvió a empujarla hacia las escaleras, mientras la interpelaba:
-¿Entonces tú de quién eras, de los comunistas o de los otros?

Jaht

sábado, 9 de mayo de 2009

Sinvergüenzas Patrios

Ya tenía todo lo que un hombre “de su tiempo” puede desear: buen trabajo, chalet, cochazo, una mujer guapa y cariñosa, unos hijos educados (bien, por supuesto)… Y tras conseguir esto, que ensalivaría la boca a cualquiera, decidió meter mano bajo la falda del poder (de ahí lo de “erótica”) y quiso poner sus dátiles, valiéndose de la política, sobre las obras públicas y las privadas (obras en general) como trampolín para llegar más lejos: al yate con grifos de oro, a los banquetes de lenguas de colibrí amenizados con música en directo de auténticos stradivarius, a las orgías con estrellas de cine, que como mínimo hayan sido candidatas en una ceremonia de los Oscar, a las comuniones VIP en el Vaticano, que puntúan más ( porque es sabido lo difícil que lo tendrán los ricos para entrar en el reino de los cielos; ya sabéis, lo del camello y la aguja)... En fin, a todo eso que diferencia a un auténtico triunfador de la chusma sin ambición (proyección lo llaman ellos). Y a punto estuvo de conseguirlo.

Pero Pierre, desafortunadamente, no había nacido en un país de gran solidez democrática, cuna de oportunidades, derechos, plenas libertades y paraíso de emprendedores y patriotas. De ser así, su nombre no se hubiera pronunciado como un lamento ovejuno sino como un auténtico y respetuoso grito de dignidad: ¡PEDRO!.


-A los "emprendedores" que hacen de lo público su campo de operaciones.-

Jaht

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