··········································Nota: Mis críticas o comentarios de películas aparecerán en FilmAffinity firmadas por Sinhué. ·········································
Sólo una cosa compartieron los asistentes a aquella proyección: Nadie quedó indiferente.
Algunos, ofendidos, abandonaron la sala a medio metraje. Otros esperaron en vano una respuesta a cuanto sucedía en la pantalla. Hubo quien monologó, altivo, con el director a lo largo de la representación, formando parte viva del proyecto, y quien se interesó a la salida por la residencia de “ese sinvergüenza que m’a birlao cinco pavos”
Los programadores, temerosos, hicieron círculo, como los caballos que sienten el acoso de los lobos; y la taquillera, con el botín bajo el brazo, puso tierra de por medio cuando los murmullos iban “in crescendo”.
Quienes habían acudido espoleados por el escándalo salieron escandalizados, pero descontentos (esa actitud no la entendí). Los que entraron con el centro de gravedad bajito daban angustiosos traspiés, con las manos en la espalda, buscando algo que debía estar por debajo del nivel del suelo. Los más vehementes aprovecharon la pasarela central para rasgarse las vestiduras y uno, que no se llamaba Nikito, si no Quinito, se hizo el hara-kiri con muy poco honor, todo hay que decirlo, porque había comido coles.
En este ambiente, más caliente que cálido, es perdonable que los cuatro que disfrutaron de aquel extraño film no dijeran ni pío, amparándose en aquello de que es mejor ser un cobarde vivo que un héroe muerto.
Ni que decir tiene que esta bochornosa situación no tuvo lugar en la Sala Avenida, donde al reclamo del Cineclub El Gallinero acude un personal correcto y exquisito con un nivel crítico y un respeto fuera de toda discusión. Como mucho, los más exigentes, se atreven a decir “irreverencias” del tipo: “Jopelines, me ha incomodado ligeramente esta visión distorsionada del genio danés”.
Jaht
A El Gallinero que ha tenido la osadía de poner una película más (y van cuatro) del irreductible Lars Von Trier, con todo el riesgo que ello supone.
En la inmensa casa, la campana del reloj rebotó de pared en pared antes de conseguir despertar a Severine que tenía su oreja junto a ella. Tengo que rebajar la dosis de dormidina, se dijo desde el más allá. Eran las siete de un nuevo día que comenzaba, como el resto de los días de sus diez últimos años, casi sola. Lejos, en otras habitaciones de la casa, estaban sus hijos y más lejos aún, tal vez a miles de kilómetros se hallaba su marido. Hacía tiempo que había perdido la pista de sus últimas actividades: ...algo así como comisionado de una empresa que tenía que ver con la Unesco y los libros de texto para países en desarrollo, o al menos eso había contado en su última estancia; de ello hacía tres semanas.
Nuestra náufraga, en una isla de lujo, hubo de hacer un esfuerzo titánico para llegar bajo la cascada del jacuzzi y recomponer así su autoestima, y recobrar después su confianza al embadurnar sus apretados muslos y el resto de su cuerpo con una innecesaria crema reafirmante.
Luego tocó levantar a Michel, que a sus ocho años se consideraba ya el hombre de la casa, y por tanto actuaba con responsabilidad y a Melanie que era una caprichosa señorita de cinco años sin complejo de un invisible Edipo.
Severine había elegido esa situación y tenía que afrontar los hechos. No fue una decisión gratuita. Tuvo que escoger entre el amor pobre y el placer del confort, y ella que era muy cerebral optó, sin ahorrar lágrimas, por la seguridad. Papá y mamá la ayudaron a dar el paso y ahora estaban orgullosos de sus consejos: efectivamente, su bella hija merecía algo más que un músico iluso.
Melanie hubo de comerse el donuts dentro del coche porque como siempre, y ese miércoles no podía ser la excepción, a la niña le salió la vena contestataria y se retrasó más de lo debido. Diez minutos más y perdería de vista al diablillo durante el resto de la mañana; siete horas para recoger a Miguelito que desglosaría con detalle todos sus éxitos en la jornada escolar.
Jacobo había llamado, desde Perú, para decir que estaría de vuelta en una semana y que en esta ocasión, afortunadamente, podrían disfrutar de su compañía, al menos tres días. Severine redondeó con un rotulador rojo el día y escribió la hora: 5 de la tarde.
La elegancia, delicadeza y frialdad de la madre de los dos alumnos del Liceo Francés era admirada y envidiada a la par por los progenitores del resto de sus compañeros. También eran motivo de comentario su palidez diamantina y su infinita discreción. Sin duda el ejecutivo, al rentable servicio de una causa justa, era un ser afortunado y había encontrado una mujer ejemplar.
Tras dejar a buen recaudo a sus retoños tomó el Metro para visitar a sus padres, en el extrarradio y a las diez ya estaba de vuelta. En la estación de Las Maravillas, cuando caminaba hacia el aparcamiento, un músico de Jazz, con las manos embutidas en mitones, atrajo su atención y tras escuchar con detenimiento tras una columna, un conocido tema que la hizo llorar, escribió algo en un billete de diez euros y lo depositó en la funda del saxo.
Conmovida, recogió el Lexus y rodó hacia su casa no sin antes detenerse para comprar en una tienda Delicatessen cerca del complejo residencial; el servicio tenía el día libre. Atravesando el bosquecillo aceleró como si de pronto hubiera recordado algo y no cerró las cancelas del frondoso jardín.
Al entrar en la finca encerró los dóberman, desconectó la alarma y tras dejar el coche; desde el garaje, seleccionó en el hilo musical un álbum de John Coltrane para que deshelara todos los yertos rincones de aquel gélido palacete. Abrió la puerta de la vivienda y colocó algo bajo el felpudo, cerró y una sonrisa malévola iluminó su cara transparente mientras se quitaba el sombrerillo que mantenía enjaulados sus rubios cabellos ensartados en dos largas agujas coronadas por mariposas. Una a una fue desparramando por escaleras y pasillos todas las prendas que la vestían. Al llegar a su dormitorio, adornada sólo con un negro liguero; tras sacar algo de una mesilla, colocó una venda roja sobre sus ojos y se tumbó en la blanquísima cama alzando sus brazos y esposándolos en el cabecero.
Después el tiempo se convirtió en espera y el saxo tenor de Trane marcó los segundos y empujó la sangre hacia los rápidos del deseo.
Tres temas después Severine oyó, en un tiempo muerto, que alguien hollaba las tablas del portal y pudo imaginar que unos dedos, cubiertos a medias, recogían ávidos dos llaves debajo de la alfombra. Luego el sonido, cuando Coltrane respiraba, se convirtió en roce y en pasos que la mujer interpretó como ropa que resbalaba paulatinamente del cuerpo de quien pronto estaría frente a la puerta sopesando qué hacer con la llave más pequeña. Si todo salía como había calculado, en ese momento estaría sonando:
My one and only love.
Jaht
A Belle de Jour que en mi vida fue antes mujer que flor. Perdón, Buñuel, por permitirme esta humilde versión.
Y Freddy aparece en Buenos Aires para comenzar el primer día del resto de su vida. Una vida que aspira a mejorar. Es joven, tiene fuerzas y ganas de luchar por los suyos, los que quedaron allá en aquella tierra ingrata y estéril que no da pan a sus hijos. No importa que su primera aproximación al extrarradio bonaerense sea una triste incursión en un garito en el que la grasa está instalada como elemento arquitectónico. No importa que arrastre los grilletes de la ilegalidad que le condenan a ser persona de categoría inferior. Cuentan que algunos paisanos suyos hicieron plata, y mucha, en Buenos Aires. El, será uno de ellos. El, alcanzará la meta de la dignidad y cuando reclame a su familia habitarán un adosado y a su mujer la llamarán doña Charito.
Enrique:
La vida es dura, también para Enrique, el jefe. Amarrado a su parrilla, aguantando los salivazos de bilis de parte de la clientela. Está cansado, tiene ganas de salir corriendo pero aún le quedan unos años para poderse retirar y la situación de emergencia de la nación no invita a heroicidades. Sabe muy bien lo que está pasando, se veía venir. Algunas cigarras flotan ya calle abajo, las hormiguitas como él guardaron para un invierno largo y nadie va a arrebatarle lo que es suyo.
Rosa:
Y entre los embates del mar embravecido, caminando sobre las aguas, viene Rosa, la frágil mujer envuelta en pétalos de acero. También sobrenada las inmundicias, los desamores, la soledad....pero todo deja marcas; algunas forman pulseras en sus muñecas. Ejerce de todo lo que no es: madre, amante, amiga...Demasiado equipaje para un alma transida.
"El Oso":
Atraídos por el olor de la fritanga, como polillas suicidas, no se despegan del bar clientes como "El Oso", taxista pendenciero que manotea desesperadamente para no hundirse con su crisis económica y personal. Huraño y desesperado, El Oso, no encuentra salida a su situación, dentro de nada será uno de esos insectos cantarines que Enrique ve bajar calle abajo. Paga su mal humor con todos y su crédito se ha agotado.
Coda:
Sólo hay algo más inquietante que el propio antro, recinto convertido en reloj de arena, es la lúgubre calle donde se desgranan los perdedores cuando baja el cierre el local de la parrilla.
Adrián Caetano dibujó en el otoño del 2002 su película Bolivia, en la pantalla del Cine Avenida (Cineclub El Gallinero), con lápiz negro y con tinta caliente de las Venas Abiertas de América Latina.
Es cierto, aunque las cosas no iban demasiado bien, tampoco pintaban tan negras. Difícil presuponer aquel desenlace.
La 6ª temporada de cineclub tocaba a su fin. Aquel día se proyectaba la última película y los pocos socios que con cierto desánimo se acercaron a la sala comenzaban a sentirse una especie en vías de extinción y husmeaban un futuro incierto. Nadie hubiera imaginado que el enemigo estaba también al otro lado de la pared blanca.
A la proyección que remataba el curso cinematográfico, una de guerrilleros, con abundantes tiros y explosiones, asistieron unas 35 personas. Cuando se apagaron las luces del Avenida la ruleta comenzó a girar.
Luisa y Alberto, cogidos de la mano, vibraban con los esfuerzos sobrehumanos de los libertadores. Paco dormía como un bendito como en él era habitual, recolocándose en su butaca cada vez que el respetable chistaba para acallar sus ronquidos y Adolfo rumiaba con pesar, en “la fila de los mancos”, la despedida por cuatro meses de las sesiones de cine.
A falta de media hora, en medio del fragor de la batalla, una serie de extraños gorjeos enfadaron al público que reaccionó con comentarios del tipo: ¡ya está bien Paco, vete a la calle coño!..La mano de Luisa resbaló. Y el silencio volvió a reinar en la platea.
Cuando las luces de la sala se encendieron, un pavoroso griterío atravesó los sólidos muros del edificio. Puede decirse que en el pueblo hubo un antes y un después (al menos eso dijo Iker Jiménez). En medio, aquel minuto de caos: tres balas, tres muertos, tres agujeros en la pantalla…
Investigaciones posteriores concluyeron que las muertes habían tenido lugar a la altura horaria del último combate y que los impactos: ojo, frente y corazón; eran sin duda obra de avezados francotiradores con fusiles láser. Pero nunca se encontró al autor o autores, ni explicación de porqué el calibre de la munición se correspondía con el utilizado por la CIA en 1968.
Algunos volvieron a creer en brujas y otros, detractores sin duda del Cineclub El Gallinero, aprovecharon para comentar: Se veía venir, esto no podía acabar bien.
A los resistentes del Cine Club El Gallinero.¡Venceremos!
Cuando se apagaron las luces del cine y los primeros títulos de crédito fueron apareciendo en pantalla Sergio supo que no podría aguantar demasiado. Su ansiedad, espoleada por una introducción musical que crecía como la saliva en su boca, hizo que su frecuencia cardíaca llegara a cotas alarmantes. Frenó la intencionalidad de su brazo derecho esposando con fuerza la muñeca con su otra mano. Había esperado mucho tiempo aquel momento y durante toda la semana había imaginado y ensayado distintos ataques. Vanessa, sentada a su derecha, parecía concentrada en la película. Tan bonita, tan perfumada, tan sugerente con su faldita corta…. él sudaba y notaba el galopar de la sangre por sus venas pero se retenía, quería portarse educadamente. Huía de la tentación pensando en otras cosas; si alguien le hubiera preguntado sobre la película no habría acertado ni el género. ¡Qué cruz!, ¿todo el mundo pasaba por este calvario?... Y entonces recordó, para justificar su acción posterior, aquello de que la mejor forma de superar la tentación es caer en ella y lanzó, como látigos, sus ávidos dedos sobre el regazo de la muchacha y se hundió suspirando en la sedosa tibieza del cucurucho de palomitas.
-Para la "Fila de los Mancos" del Cineclub El Gallinero-
Y allí estaba yo, también del sur, también mediterráneo, reconociendo actitudes barriobajeras, chulerías de analfabetos machistas, zoquetes sin escrúpulos, amenazas y consejos paternalistas, mujeres solas, niños dándose prisa en ser hombres. Y allí estaba yo: oliendo el miedo, la ambición, la sangre (dentro y fuera de las venas) y la desesperanza.
Salí al servicio y me dije: conozco muchos que de estar organizados y con pistolas harían exactamente lo mismo.
Volví a la sala y los napolitanos continuaban defendiendo su cultura ancestral, poniendo orden en sus cosas e intentando enseñar a los otros que su banda era la poseedora de la verdad absoluta. Y, tirado en el suelo, entre los muchachos que sabían qué hacer en medio de un tiroteo ví a Roberto Saviano, y comprendí porqué años después escribiría su libro. Sí, hay que romper el círculo o al menos intentarlo. Hay que combatir la indignidad con armas más potentes que los fusiles ametralladores. Hay que demostrar que se está vivo.
Salí a la calle lamentando los cinco minutos perdidos por mi incontinencia y jurando que volvería a ver la película.
Y aquí estoy, he dejado mi partida de cartas y me he venido para acá, ni siquiera me he quitado el chándal.
Los de mi generación (a duro la entrada y una peseta la bolsa de pipas), pillamos el Cine del Oeste en pleno apogeo. Alimentábamos nuestras fantasías, las tardes de Domingo, en salas habitadas por seres rudos y silenciosos, por flechas, cuchillos y hogueras, por tiros y galopes…
Dos horas después, para llegar a Arizona no había que cruzar un océano, sólo el huerto del tío Ambrosio que no tenía sombrero, pero sí boina y la leche tan agria como el malo de la película, que por cierto, tenía un caballo que corría menos que el burro que intentábamos montar.
He de reconocer que siempre fuimos partidistas, nada ecuánimes, nunca dimos la más mínima oportunidad ni a los indios (salvo a Jerónimo), ni a los borrachos (salvo a Lee Marvin) y ni siquiera a los predicadores (cosa rara). El protagonista nos tenía a su lado sin reservas y le aplaudíamos hasta las trampas.
Éramos cómplices también del equipo de dirección, y poco nos importaba, que en el desierto de Almería, por donde el sheriff perseguía al fugitivo, hubiera ruedas de Land Rover, paquetes de Celtas o una antena de televisión en la cantina donde los vaqueros ahogaban sus penas, en compañía de hermosas bailarinas de charlestón, con relojes Festina.
Años después nos enteramos que las películas del oeste también habían servido para mancillar la inocencia: que los indios tenían sus razones para estar “cabreaos”, que la hermana lejana del “artista” era una amiga cercana y que alguien vestido de negro, con una tijera en su funda, nos había robado los beso; pero esto ya sería otra película, sin “happy end”.
A quienes dejaron de aplaudir al Séptimo de Caballería.
Desde bien jovencito su gran admiración por el cine y las estrellas lo fue acercando cada vez más a la pantalla. Empezó muy atrás, en la última fila, asomando los ojos, como platos, por encima del respaldo de la butaca tras la que se parapetaba. Llegaba, en aquellos días, con la “peli” empezada y desaparecía antes de que se encendieran las luces. La taquillera era la única que conocía a aquel solitario barbilampiño al que pidió el carné justo el día que cumplía 18 años.
Treinta años después, los dos, agarrados de la mano, lloraban mientras una excavadora avanzaba sin piedad hacia una pared blanca que permanecía en pie entre los escombros. Ayer era una sala de barrio anticonvencional, húmeda y habitada por gemidos y rozamientos que, sumados (actores y espectadores), componían la banda sonora del“Regocijo”que en su hall, rojopasión, tenía un póster (en inglés) de Garganta Profunda y otro de El fontanero, su mujer y otras cosas demeter. Hoy no es nada.